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Serenísima comunidad real

Los neovenecianos bien podemos reivindicar para nosotros el viejo título véneto de la Serenidad republicana.

El título de Serenissima puede equivalerse en buena medida al de soberana. No sólo fue usado por la Serenìsima Repùblica Vèneta, también por la Serenissima Repubblica di Genova y la Serenissima Repubblica di Lucca. El título se aplicó también de 1569 a 1795 al Reino de Polonia y Lituania (Serenissima Res Publica Utriusque Nationis o mejor, en polaco Najjaśniejsza Rzeczpospolita Obojga Narodów). Esta última era por cierto una monarquía electiva. Todavía hoy el título se utiliza en el nombre oficial de uno de los últimos microestados europeos: la Serenissima Repubblica di San Marino.

Pero ¿qué tienen que ver la serenidad y los principios electivos y republicanos de la época? En la lógica altomedieval y renacentista la serenidad señalaba el carácter inconmovible, imperturbable, que se suponía a quienes detentaban un poder destinado a perdurar en el tiempo… algo que las repúblicas marítimas -entonces una excepción en un mar de monarquías- tenían por demostrar.

Pero no nos equivoquemos, el republicanismo de la época no era apostólico como luego lo sería el de la Revolución francesa. No pretendían convertir en repúblicas a los reinos europeos. Al revés, lejos de todo universalismo, las repúblicas mercantes y especialmente Venecia, tenían muy clara la divisoria dentro-fuera: las políticas eran juzgadas exclusivamente por su utilidad a largo plazo para los negocios de la Serenissima y no por supuestos valores e intereses de la Cristiandad. En este sentido la incapacidad para conmoverse por las grandes épicas de la época como las cruzadas aunaba imperturbabilidad con independencia.

Esta asociación de valores se desarrolló durante el Renacimiento y se incorporó a los signos y valores de un auténtico príncipe de la época. Una anécdota con Felipe II contada por el embajador veneciano resulta ilustrativa.

En 1571 la batalla de Lepanto parecía configurar un nuevo orden en el Mediterráneo. El Imperio de Felipe II pasaba a ser hegemónico también en él Mediterráneo. Bajo el mando conjunto de don Juan de Austria, las armadas filipinas, venecianas, pontificias y genovesas habían dado un duro revés al expansionismo otomano. Pero el coste de la aventura no había sido igual para todos. Con la flota veneciana especialmente mermada y los genoveses y el papado fuertemente unidos al Emperador, la Serenissima bien podía preguntarse si la victoria no había sido más costosa que lo que hubiera supuesto una derrota.

Venecia se propuso entonces reequilibrar el Mediterráneo y su diplomacia se puso a trabajar. Dos años más tarde, Venecia salía de la liga Santa y entregaba la isla de Chipre al sultanato otomano a cambio del monopolio del comercio europeo con Oriente.

El embajador veneciano ante la corte imperial, Leonardo Donà, fue el encargado de dar la noticia al rey Felipe. Obviamente presentó lo que luego se conocería como traición veneciana como un acuerdo de estabilización pensado siempre “tanto en su interés como en el nuestro“. Cuenta Donà en su correspondencia que:

El rey nos escuchó muy atentamente. Conforme se daba cuenta de que explicábamos nuestra posición de una manera apropiada, amistosa y respetuosamente, más nos prestó atención y más fijamente dirigió su mirada hacia nos. Su rostro no daba pistas de qué estaba pensando. Sólo en el momento en el que escuchó las condiciones de tratado de paz dejó que su boca se moviera sutilmente, formando la más evanescente de las sonrisas irónicas, casi como si Su Majestad quisiera decir sin interrumpirnos “Y efectivamente lo habéis hecho, habéis obrado exactamente como todos me dijeron que haríais”.

Serenos todos, independientes ambos, inconmovibles ante los eslóganes del gran imaginario de la época los intereses de la Cristiandad. Es el corazón de la política renacentista: la emergencia de la legitimidad del interés particular (del estado) por encima de las construcciones ideológicas. Puede verse como un antecedente directo de la razón de estado y de hecho era en lo que se estaba convirtiendo. Pero en el caso de las serenísimas repúblicas tenía un origen democrático que se remonta en Venecia hasta sus comienzo bajomedievales: la consciencia de las bases de su propia resiliencia.

La imperturbabilidad de la comunidad real

Saber no conmoverse ante las modas y las mareas mediáticas de cada época es una constante en las comunidades reales que perduran. Es común para nosotros, como lo era para los venecianos, recibir reproches por comerciar con el enemigo, grandes corporaciones e incluso estados.

Es fácil para el universalismo no ver las lindes o acusar de hipocresía a los que pensamos desde y para la comunidad. La soberanía de la comunidad real, la claridad de objetivos generan una mirada que confunde al universalista. Ayer se reprochaba a Venecia comerciar y pactar con el turco hoy nos afean haber vendido nuestros servicios a grandes bancos.

Para que una comunidad real pueda mantener su autonomía es necesario que sea imperturbable ante los llamados a filas del universalismo. A las finales del hype del Mundial al proteccionismo pasando por el cambio climático o facebook, todos los llamados del universalismo se relacionan con las necesidades o las campañas disciplinarias típicas del estado en la descomposición. Todas son contradictorias con mantener como criterios de juicio el bienestar y la libertad de los propios y el desarrollo de la cohesión en el entorno.

Por eso los neovenecianos bien podemos reivindicar para nosotros el viejo título véneto de la Serenidad republicana. Imperturbable filé que no hace la ola cuando todos. Serenísima filé que nunca olvida sus intereses.

«Serenísima comunidad real» recibió 0 desde que se publicó el Lunes 18 de Octubre de 2010 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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