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Sí, la hay!

La presentación de “Files: Democracia económica en el siglo de las redes” será un acto casi familiar, como todos los de la colección Planta 29, pero significará mucho, muchísimo más. Significa salir a la luz y decir: aquí estamos, poner la democracia y las personas por delante es la alternativa al derrotismo que acompaña a la crisis.

En junio de 1917 Rusia vivía en plena revolución. La caída del zarismo había traído ese aire de libertad, esa sensación de que todo es posible que caracteriza a las revoluciones y movimientos masivos auténticos. El poder real estaba en manos de los consejos, grandes asambleas territoriales ciudadanas que resolvían todo por democracia directa, los exiliados políticos volvían y la fraternidad vivía en las calles. Sin embargo la guerra, motor de fondo de la revolución, seguía y nadie parecía capaz de conseguir que Rusia se desmontara de la mayor carnicería de la Historia de la Humanidad.

Entre los exiliados que habían regresado un tal Lenin había culminado la ruptura de la izquierda socialdemócrata y se había presentado con su grupo alas elecciones de representantes de los consejos en el primer Congreso de los Consejos de Toda Rusia. A penas habían obtenido 1/8 de los asientos, muy por debajo de sus antiguos compañeros, que además formaban el grueso del gobierno provisional formado por los políticos democráticos más conocidos y que intentaba mantener la continuidad institucional bajo un programa reformista. Frente a ellos Lenin argumentaba que de lo que se trataba era simplemente de liquidar el estado y pasar sus funciones a las asambleas ciudadanas, en las que los obreros eran mayoría y hacer un programa de mínimos (salir de la guerra y hacer la reforma agraria) en alianza con los consejos que también habían montado los soldados en revuelta y los campesinos.

En la práctica, aquel congreso escenificó un vacío de poder. Presionado por la urgencia de la paz que el gobierno parecía incapaz cuando no opuesto a asumir, uno de los ministros del gobierno espetó a los más críticos:

Actualmente en Rusia no hay un partido político que diga: entreguen el poder a nuestros manos y váyanse, nosotros ocuparemos su lugar.

En ese momento le interrumpió Lenin, a la cabeza de su exiguo -y por lo demás desunido grupo- a la voz de:

-¡Sí, lo hay!

Evidentemente en aquel momento a muchos les pareció una boutade, un exceso propio de un alma exagerada o exaltada que escuchaba más a su propia teoría que a la realidad aplastante de las cifras de apoyo de los distintos partidos. Sin embargo, aquel gesto representó el comienzo de un cambio que sería histórico. Fueron muchos los que a partir de entonces miraron a los bolcheviques como la alternativa al impasse político, como la puerta a la ansiada paz. El Todo el poder para los consejos dejó de ser una consigna utópica para convertirse en el lema de millones de personas.

Presentar en estos días Filés: Democracia económica en el tiempo de las redes es decir a los que constatan la ausencia de alternativas a la crisis del modelo de empresa que heredamos de la revolución industrial

Sí la hay!

Es exigua, pequeña, pero la hay, hay alternativa. Hay otro modo de hacer las cosas, de cohesionar, de ganar libertad, de construir valor y conocimiento. La hay. Y se llama filé. En su frontispicio dice

somos una comunidad con empresas y no una comunidad de empresas ni empresas formando una comunidad

Y de esa sencilla verdad, como en un algoritmo generador de mundos, surgen consencuencias que una tras otra ponen a las personas por delante. Esto es lo que con este libro quiere sacarse a la luz.

Es el momento de tomar el Sol por testigo, mostrarse, arrancar el camino con quien quiera unirse. Es el momento de no aceptar más la complacencia ni el derrotismo. Es el momento de decir: sí, la hay, hay una alternativa y vamos a construirla para que contagie y prenda, para que crezca y quepa en ella todo el que quiera caber.

«Sí, la hay!» recibió 0 desde que se publicó el Miércoles 18 de Noviembre de 2009 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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