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Sobre el éxito

No hace falta entrar en algo «grande», ni buscar escalas sobrehumanas para poder tener una vida con bienestar suficiente, creativa y llena de significado. Para conocer el éxito basta con ganar el coraje para hacer comunidad.

Prácticas en las Indias

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Se ha puesto de moda requerir el relato de los fracasos. Con tantos circos y espectáculos sobre los «éxitos» estartuperos, con tanto «mensaje positivo» hueco y tanta «responsabilidad social» no conflictiva, resulta difícil creer un discurso de «ganadores» que no cuente las tristes historias de los que quedaron en el camino. Descreemos del éxito. Pero es un error. El éxito importa. Aunque lo primero sería, seguramente, no dar por hecho en qué consiste.

Cualquier grupo humano distingue el triunfo del fracaso, en primer lugar, por su supervivencia. Y las comunidades que integran aprendizaje y producción en un modo de vida, no pueden permitirse ser complacientes sobre eso.

El éxito de una comunidad es de sus comuneros

cerditoepicureoLas comunidades epicúreas perduraron en el Mediterráneo durante casi ochocientos años. Algunas de ellas llegaron a hacerlo, sin cambiar de lugar físico, durante más de trescientos. Algunos estudiosos calculan hoy que, en conjunto, llegaron a sostener a más de 400.000 personas. Solo el terremoto político constante y las furias fanáticas que acompañaron el final del imperio romano consiguieron disolverlas definitivamente.

Los epicúreos pensaban que los humanos no nos agrupamos por tener una «naturaleza política» sino por necesidad práctica: necesitamos de la «experiencia comunitaria» para aprender mas, vivir de forma mas serena y perseguir nuestra propia felicidad. Las normas son convenciones, no hay nada parecido a «formas naturales» de organización ni para el estado ni para el jardín epicúreo. Así que no hay otro criterio de juicio sobre el éxito de una comunidad que la satisfacción de sus miembros. Por eso una comunidad perdurará y prosperará si aporta a sus miembros y estos lo juzgan así.

El criterio fundamental de éxito de una comunidad es que sus miembros se sientan orgullosos de pertenecer a ella, que no deseen estar en otro lado, ni haciendo otra cosa porque eligen cada día su comunidad como el entorno mejor para desarrollarse haciendo cosas con significado.

Y como son los comuneros los que juzgan, las comunidades no pueden estar «abiertas a cualquiera» ni pensarse para otros, incluidos unos miembros «ideales» distintos de las personas reales que viven en ellas. Por eso no tiene sentido darse como objetivo «crecer». A veces tendremos la oportunidad de ser más. Tendremos que valorar si podemos asumir la responsabilidad que comporta. Si la aceptamos, implicará tareas para todos. Pero incorporar nuevos pares no puede ser un objetivo permanente de la comunidad ni medir su éxito. Si fuera así acabaríamos dando forma a nuestro hacer en función de gente a la que ni siquiera conocemos todavía.

Las exigencias de la igualdad y el consenso

ConsensoUna vez ponemos el criterio del éxito dónde importa -la felicidad de sus comuneros- todos estaremos de acuerdo en que hay una serie de formas de hacer y vivir que, si cuajan, hacen sentirse exitosas a las comunidades.

El primero es la igualdad. No significa que todos tengan las mismas responsabilidades o tareas. Se trata de afirmar la igual capacidad de cada uno para comprometerse y tomar responsabilidades y se manifiesta ante todo en la confianza y escucha mutua, pero también en su reverso cotidiano: la ausencia de miedo a tomar responsabilidades y decisiones individualmente. Una comunidad es tanto más potente cuanto menos cuesta a cada miembro tomar, sensatamente, la responsabilidad de una decisión que representará a todos, ya sea frente a un cliente, un proveedor o un tercero. Una comunidad igualitaria es ante todo una comunidad de aprendizaje entre pares. Y no se aprende en común si nadie se atreve a equivocarse individualmente.

asambleaSeguramente la mayor expresión de ese miedo destructivo sea el amor desmedido por las asambleas y las votaciones. Aparentemente es una forma como cualquier otra de diluir la responsabilidad personal. Pero a medio y largo plazo, es mortal: no fue el ansia de propiedad personal lo que minó los kibutz, sino un centenar de años de asambleismo militante y diario, empeñado en decidir colectivamente incluso sobre cientos de pequeñas cosas que podrían haber sido opciones personales. Todo igualitarismo que descansa sobre comités, pedidos a la asamblea y procesos de aprobación, intenta ocultar que sus miembros no se atreven a ser adultos responsables e iguales.

No, los epicúreos llevaban razón: no somos «animales políticos», no es el ejercicio de la decisión por mayorías o el juego del poder lo que nos hace seres más plenos, sino el de la libertad personal basada en la responsabilidad, la pertenencia y el aprendizaje con aquellos con los que hemos decidido vivir.

El juego de la conspiración y del poder define a los que son demasiado frágiles para aprender, el amor por crear normas e imponer prohibiciones, a los que son demasiado cobardes para compartir. El disfrute generoso de la libertad con los demás es la marca del verdadero éxito personal y comunitario, el resultado natural de haber construido un espacio en el que el desarrollo de cada uno impulsa el de los demás.

Por eso la decisión por mayorías y minorías se debe sustituir por el consenso desde el primer día. Consenso real, no acuerdos de mínimos comunes o mero consentimiento pasivo.

Puedes pensar que una decisión acarrea demasiados riesgos y aun así apoyarla solo porque lo que se puede aprender es más valioso que lo que crees que los errores costarían. O tal vez no, pero podéis permitíroslo y quién sabe si al final no sale bien. Por supuesto todas esas dudas han de ser parte de la conversación común igual que los entusiasmos. Eso sí, no hay que olvidar nunca que las «pegas» no son aporte y que el hacer es la única manera de vencer la incertidumbre. Una comunidad que no hace cosas nuevas, que no prueba nuevos caminos continuamente es una comunidad que no está aprendiendo, que se está convirtiendo en frágil. Las culturas comunitarias que funcionan transmiten la idea de que es preferible equivocarse a tener miedo, errar a quedar petrificado, arriesgar a no aprender nada nuevo.

Las bases materiales

rochefortNo hay que olvidar que uno de los grandes miedos que inculca nuestra cultura, producto de miles de años de autoritarismo y estructuras de dominación- es el miedo a producir y salir al mercado. Pero lo que la historia de las comunidades nos dice es que, las comunidades que hacen bandera de su carácter productivo tienden a consolidarse, prosperar y perdurar. Cuanto más productiva es la actividad en el mercado de una comunidad igualitaria más autónoma es la comunidad como conjunto, más espacio personal de decisión tienen sus miembros y más «impacto» tiene en su entorno.

Sin desarrollo económico la apuesta por la abundancia es cada vez más difícil. Hasta benedictinos y trapenses han reformado su idea de «pobreza» para distinguir el ahorro en común de su capacidad productiva, fundamental para incrementar su labor social. Las comunidades «sabáticas», ascéticas, que buscan minimizar su impacto en el medio y que por tanto apuestan por la escasez y la carencia como modo de vida, muy rara vez consiguen superar el cambio generacional. Reaparecen en distintas épocas como los yuyos en el pasto, pero no pueden registrarse siquiera como movimiento, porque no consiguen consolidarse.

Todo en un párrafo

Lo que es cierto es que una comunidad prosperará si sabe centrase en el bienestar y la mejora personal de sus miembros, si sustituye el juego de las facciones y las mayorías por los consensos y un amplio espacio de decisión individual, si renuncia no solo al proselitismo sino a tratar su propio crecimiento como un objetivo en si mismo y, si en lo económico aprende a ser productiva y generar abundancia, tanto hacia dentro como en el entorno.

Unas modestas conclusiones

indianos portugalMás allá de estas grandes ideas hay poco más que decir sobre lo que la historia del comunitarismo nos enseña sobre el éxito. La verdad es que emplear casi dos mil cuatrocientos años parece mucho para llegar a la media docena de conclusiones. Pero «la vida es un pack», una conversación compleja donde todo influye en todo y los grandes errores se mezclan con cosas bien hechas que simplemente no pueden salir bien en ciertos contextos. Eso es lo que hace tan triste los relatos de las muchas y muy idealistas comunidades que no consiguieron durar ni un lustro. Son un lío. Y lo son porque se pueden hacer bien las cosas y sin embargo salir todo mal. La incertidumbre está siempre ahí fuera y solo podemos reducirla haciendo y aprendiendo.

Y precisamente por eso, la historia y la experiencia de las comunidades igualitarias nos enseña algo tremendamente valioso sobre el éxito: no hace falta entrar en algo «grande», ni buscar escalas sobrehumanas para poder tener una vida con bienestar suficiente, creativa y llena de significado. Para conocer el éxito basta con ganar el coraje para hacer comunidad.

«Sobre el éxito» recibió 12 desde que se publicó el Domingo 22 de Febrero de 2015 dentro de la serie «» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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