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Sobre falsos comunes y Devolución

Por qué no es posible un “uso reformista” del privilegio de “propiedad” intelectual.

Acabo de leer unas citas de Viñals que recogía en su último post Daniel Bellón y no puedo sustraerme a dar una respuesta y hacer una reflexión en caliente. Cita Daniel a Viñals:

Por duro que parezca, la llamada propiedad intelectual de las obras de arte es un concepto cuestionable y que debe desaparecer, así como todo concepto de propiedad individual a favor de la propiedad social de los bienes artísticos de toda índole. Hoy esos derechos de propiedad intelectual son transmisibles incluso a los herederos, lo cual es otra de las aberraciones del sistema capitalista. Pero ojo, propiedad social no equivale a propiedad nacional. Debería crearse un Fondo Internacional de obras de arte que incluya a las obras literarias y de pensamiento, por supuesto, y cuyos recursos sirvieran para la promoción, también internacional, de la cultura

Pues bueno, ese fondo común ya existe, es el patrimonio Copyleft, el conjunto de obras libres distribuidas bajo una licencia que obliga a que toda obra derivada sea libre también.

Lo que me molesta tanto de Creative Commons como del planteamiento de Viñals es que piensan que es posible un “uso reformista” del privilegio de “propiedad” intelectual.

El error está pensar en que el arte, el conocimiento o las creaciones inmateriales son un bien de capital, es decir fuente de rentas. El conocimiento no es una fuente de rentas, sino su uso. Gravar y por tanto frenar, aunque sea con noble causa la transmisión del conocimiento, no equivale a poner “un impuesto sobre el capital”, sino a evitar o frenar que las personas puedan llegar a tenerlo, no digamos ya usarlo para generar más conocimiento. Y como todo freno, lógicamente frena más a quien menos conocimiento acumula previamente.

En consecuencia: aceptar la propiedad intelectual, sea del tipo q sea (la de la Creative Commons más q la de la SGAE q al menos nos queda la esperanza de restringirla en tiempo de explotación) no puede sino hacer que la distribución del conocimiento y sus rentas -que es per se una función potencial- sea cada vez más dual.

Es lo que tienen los privilegios acumulativos, que tienden a producir distribuciones cada vez mas duales (todos tienden a no tener nada y un grupo exiguo tiende a tener todo). En ese marco CC significa que los pocos q tienen mucho se dan cuenta de que mejor permiten acceder a parte a la mayoría o el público no tendrá el conocimiento suficiente ni para poder disfrutar del consumo de sus obras.

No olvidemos que la mal llamada propiedad intelectual no es sino un tipo de patente. Patente es un privilegio estatal (como las patentes de ingenios o las patentes de corso) y frente a los privilegios estatales no se lucha flexibilizándolos o permitiendo a sus detentadores una definición personalizada que les permita “generosas” donaciones de lo que previamente fue expropiado a la comunidad.

Los privilegios estatales se enfrentan abogando por su derogación… y si hay demasiados poderes en juego por su limitación temporal. En eso consiste la Devolución. Y con ello si cabe un planteamiento reformista: ¿que las obras artísticas tienen hoy un tratamiento similar al de una propiedad física 70 años después de la muerte de su autor? Reduzcámoslos a 10 que empiecen a contar con su fecha de registro público e incentivaremos de paso una industria más ágil y más valiente. ¿Que las patentes de las farmaceúticas pueden funcionar durante 20 años? Reduzcámoslas a 5… Eso es la Devolución, que lo que ha sido construido partiendo del patrimonio cultural y científico de la Humanidad y que fue raptado por el Estado a principios del siglo XX sea devuelto a la Humanidad. Porque es con sus piezas con las que el artista , el ingeniero o el científico hizo su nueva obra.

La clave: la propiedad intelectual es un privilegio que el estado creó para que al patentar o registrar -es decir, al hacer pública la innovación- se generaran rentas inmediatas que incentivaran al autor a hacer pública su creación, la idea es que pasara al dominio público mientras todavía tuviera valor social. Y cualquier economista que sigue los journals sabe hoy que ya no es necesario el privilegio para permitir que las innovaciones se difundan o sus creadores tengan incentivos para desarrollarlas.

Es más, históricamente estuvo supeditada en la práctica a las necesidades sociales de innovación. Cuando Eli Whitney inventó la desmotadora del algodón a nadie -y mucho menos a él mismo- se le ocurrió plantear demandas por “pirateo” a pesar de que la hubiera patentado. La desmotadora era un invento sencillo, genial, que permitía reducir el precio del algodón dramáticamente y convirtió a EEUU en el gran proveedor de las nacientes manufacturas textiles británicas. Y el algodón -hasta entonces equivalente al lino en precio y limitado por tanto a las clases altas- en un bien de consumo de masas de precio asequible. El uso de prendas de origen vegetal se considera por cierto, una de las causas de la mejora de la higiene pública a principios del XIX y del aumento de la esperanza de vida. EEUU y Gran Bretaña pasaron, gracias a la industria de la manufactura algodonera, de ser países en desarrollo a ser países desarrollados. En el Reino Unido las escenas manchesterianas que todavía hoy nos ponen malos empezaron a ser cada vez menos frecuentes en los años 30 de ese siglo. Como escribe Paul Johnson, “cuando Dickens escribe Oliver Twist describe un mundo que real en su juventud estaba ya desapareciendo“.

Lo que hacemos hoy gravando con patentes y “derechos de autor” la transmisión del conocimiento es, entre otras cosas, hacer que los países que no dieron entonces el salto lo tengan casi imposible ahora. Las desmotadoras de hoy exigen royalties y sus países de origen amenazan con sanciones en la OMC a los estados que no ofrecen garantías para su cobro, evitando que alcancen la masa crítica que hace posible ese salto cualitativo que llamamos desarrollo.

Y dentro de cada país favorecer la concentración del conocimiento por un lado en los monopolios y en las grandes corporaciones (véase la campaña contra las patentes de software) y por otro dualizar el acceso a las artes produciendo un modelo social en el que las nuevas generaciones cada vez parten de un acervo menor que les permite disfrutar de menos cosas en un terrible círculo vicioso. No es casual que los museos se hagan cada vez más incompresibles mientras la gramática audiovisual o el léxico del arte de masas se hacen mucho más simples que cuando las tasas de alfabetización y los niveles formativos medios eran muchísimo menores.

Y esos círculos no se rompen con Creative Commons ni -basta un pequeño ejercicio microeconómico- invirtiendo en formación el dinero ganado con el sistema de derechos de autor. Eso sólo se puede romper por dos caminos, la devolución progresiva y el copyleft, es decir, aumentando el volumen del dominio público y su frescura por un lado y haciendo más potente y amplio el catálogo de obras libres cuyos derivados son obligatoriamente libres también.

«Sobre falsos comunes y Devolución» recibió 0 desde que se publicó el Lunes 10 de Octubre de 2005 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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