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Sobre la «naturalidad» del comunal y la interesada invención del culto a Elinor Ostrom

¿De qué tanto súbito amor por Ostrom? ¿De verdad antes se pensaba que el comunal era imposible? Pero ¿no estaban llenos los campos de tierras y ganaderías comunales?

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vacas comunales
Cuando vives una comunidad, ves como lo más natural y espontáneo del mundo que todo se comparta, que todo deba fortalecer a cada uno para que funcione… y precisamente por eso nunca parece gran cosa, parece que no tenga un valor especial, es «espontáneo», «normal». Pero cuando vas a las instituciones cotidianas de la sociedad -las empresas, las comunidades de vecinos, la administración- resulta difícil encontrar un ápice de todo lo que dabas por sentado y te preguntas si realmente es tan «natural» como te parecía.

Pero si lo pensamos un poco, esa «naturalidad» está bien presente en nuestra cultura. Todas las lenguas tienen una palabra específica para el trabajo comunitario: en español, siguiendo al asturiano le llamamos «andecha», en portugués «mutirão», en euskera «auzolan», en ruso «toloka», en finés «talkoot», en noruego «dugnad»… También para la propiedad comunitaria: el «comunal» tradicional de campesinos y cofradías de pescadores, o «procomún» como se le empieza a llamar en el siglo XV es equivalente al «iriai» japonés o los «commons» ingleses.

trabajando las tierras comunalesEso es porque los comunales agrarios y de caza son la forma original de propiedad y trabajo, muy anteriores a la propiedad estatal y a la propiedad privada… y de momento más persistentes: las instituciones comunales se mantuvieron vigorosas en todo el mundo incluso en la Edad Media y resistieron a la Modernidad con relativa fuerza hasta que las «amortizaciones» del primer liberalismo decimonónico les obligaron a evolucionar hacia el cooperativismo moderno. Pero no nos engañemos, todavía hoy hay grandes regiones europeas, como Galicia, donde más del 25% del territorio está formado por montes y tierras comunales. Siempre hemos estado rodeados de comunal y de valores comunitarios. Nuestra cultura conservó algo más que la fórmula para nosotros.

Por si no fuera suficiente con la pervivencia de grandes masas de tierras y ganaderías comunales en todos los continentes, hay que decir que en toda nuestra experiencia comunitaria jamás nos hemos encontrado con un solo caso donde surgieran problemas porque alguien tuviera unos patrones de consumo tales que pusieran en peligro los fondos comunes. En la vida comunitaria hay problemas y conflictos, pero en nuestra experiencia ese no es uno de ellos y si se produce en algún lado, desde luego no es frecuente ni relevante.

La «Tragedy of the Commons»

hardinY es que la «Tragedy of the Commons» (que bien traducida sería la «Tragedia de los bienes comunales») tiene trampa. Es un modelo teórico creado en 1968 por Garrett Hardin, un ecologista neomalthusiano, antecesor de lo que luego sería el «decrecimiento», obsesionado por lo que él creía un «exceso de población». Hardin parte de una definición del comportamiento de los individuos según la cual estos mirarían solo su ingreso a corto pero serían ciegos tanto al resultado social (es decir el impacto que sus actos tendrían sobre la suma de los resultados individuales) como a su propio resultado total en el tiempo. El modelo también implica que el comunal en cuestión no es reproducible (con software libre no es aplicable porque no se agota porque lo usemos más).

Tras estas restricciones de partida según las cuales la gente se comportaría literalmente como si no hubiera ni un mañana ni otras personas, ¡oh sorpresa! el resultado es que el recurso compartido se agota. Los resultados estaban implícitos ya en el las condiciones de partida y el resultado es el que se quería tener: la «demostración» de que la realidad que nos rodea no existe porque es «irracional».

zemstvo rusoUn camino muy distinto al que habían seguido los economistas clásicos y el mismo Marx. Ellos no habían abordado un modelo abstracto y autodemostrativo, sino que habían tenido que explicar y modelizar por qué existían comunales en buena parte de las tierras cultivables de Europa y sobre todo por qué los pequeños campesinos no querían privatizarlos. La historia del siglo XIX en grandes países como Rusia, España o Italia es la historia de gobiernos como el del ministro español Madoz, intentando privatizar el comunal por la fuerza y con poco éxito. Un drama para los liberales de la época que pensaban que sin derechos individuales de propiedad ni se tecnificaría el campo ni afluiría a las ciudades mano de obra suficiente para hacer viable a la industria. Un problema teórico para Marx al que le preguntaban continuamente desde Rusia qué hacer con las infinitas comunas campesinas rusas y si podrían evolucionar «directamente» a una economía de la abundancia sin pasar por las privatizaciones.

omontenonsevendePero para 1968, cuando Hardin escribe la «Tragedy of the Commons», el comunal ya no es un problema político. Es simplemente una realidad asentada que la teoría económica podía explicar sobradamente sin necesidad de incluir reglamentaciones internas ni externas, fuera desde la teoría de juegos, modelizando los comunales como equilibrios de Nash e incluso desde la teoría neoclásica, incluyendo, al estilo que daría fama a Gary Becker, modelos de racionalidad a largo plazo.

Solo en el mundo anglosajón, donde las amortizaciones decimonónicas fueron realmente efectivas y se acabó con la propiedad comunal de la tierra, el relato de Hardin podía pasar a ser «sabiduría corriente», porque para 1968 nadie en EEUU o Gran Bretaña convivía con las tierras y explotaciones comunales. Pero en realidad estas formaban parte de la geografía cotidiana de millones de personas allá donde ni la revolución liberal había triunfado nunca totalmente en sus políticas agrarias, ni se había impuesto el socialismo soviético o chino: un gran área que incluía en un continuo lugares tan dispares como Indochina o Galicia, México, la Araucanía o Sudáfrica.

La interesada santificación de Elinor Ostrom

olstromSin embargo, en 2009 la Academia sueca dió el premio Nobel de Economía a una politóloga, Elinor Ostrom, por «retar la sabiduría convencional (sic) demostrando como la propiedad local puede ser gestionada por un comunal local sin regulación de la autoridad central ni privatización». Ostrom se convirtió pronto en una especie de santa patrona de todos los que desde la universidad se acercaban a la experiencia comunitaria en general y al procomún en particular. La idea central que rescataban es que la gestión del comunal requiere de un complejo juego de normas y equilibrios que no dejan de ser «artificiales», productos de una construcción social muy sofisticada.

Es verdad, aunque su afirmación político-universitaria tampoco es inocente: cuando una organización social se describe como «artificial» y «sofisticada» se está afirmando implicitamente que es necesario contar con «saberes especiales», académicos o «técnicos», para ponerla en marcha. Ostrom se conviertía así en excusa para argumentar la tutela de grupos de teóricos y centros académicos sobre el proceso social, con su consiguiente industria de masters, cursos y seminarios para la formación de «especialistas».

La realidad es tozuda

indianasPero 2009 fue también el primer año de crisis dura en Europa. Millones de personas se quedaron sin empleo. En países como Grecia, España o Portugal, miles y miles de familias perdieron sus casas. Espontáneamente, la red social, primero familiar, luego comunitaria, comenzó a reorganizarse para la supervivencia. Aparecieron centenares de pequeñas «comunas», casas compartidas entre familias que habían quedado sin ingresos regulares en las que todo lo que se conseguía entraba a un fondo común. Nadie necesitó diseñar ni certificar un sofisticado conjunto de reglas. Aunque fuera una respuesta precaria a una situación de emergencia, la «naturalidad» del proceso llama la atención. Y es que el modelo ya estaba ahí, en la herencia cultural y en las tradiciones de las clases populares.

Y en realidad esa es la clave: la comunidad es una construcción cultural sofisticada, efectivamente. Y mucho: tanto como lo son las tradiciones del compartir que están profundamente insertas en la cultura popular. Cuando nace una comunidad igualitaria, cuando creamos un nuevo comunal para ser compartido, no estamos inventando desde cero. Estamos «poniendo en producción» todo ese código, toda esa racionalidad comunitaria que heredamos a través de las reacciones y las formas de gestionar lo común en nuestras familias. Por eso lo vivimos como algo «espontáneo», por eso se hace «natural» y aparece una y otra vez en entornos tan distintos por todo el mundo. Definitivamente, nuestra «racionalidad» no es como la que nos atribuyen Hardin y los teóricos neomalthusianos del decrecimiento para presentar la destrucción irracional de recursos no renovables como producto de nuestra «naturaleza» y no como el resultado de unas corporaciones sobre-escaladas aplicadas a buscar rentas a toda costa.

No, para entender la economía compartida, para gestionar juntos las necesidades de todos en una economía comunitaria, no nos hacen falta grandes tratados ni consultar con técnicos universitarios. Solo necesitamos volver a casa.

«Sobre la «naturalidad» del comunal y la interesada invención del culto a Elinor Ostrom» recibió 11 desde que se publicó el Martes 17 de Marzo de 2015 dentro de la serie «» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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  1. […] Y es que, a veces, en los grandes movimientos históricos y generacionales, la confusión es estratégica. Confundir por ejemplo bienes públicos (estatales) y [[comunal|bienes comunales]] no es menor: aunque formalmente la «soberanía» pueda recaer en los mismos, el reparto de responsabilidades y derechos entre individuos es muy diferente y el papel de la [[comunidad]] como tal también. Una confusión cada vez más común en el discurso de la nueva izquierda, que va pareja a la identificación entre el [[comunal]] donde existe «rivalidad» y es «exhaustible» (un prado, un bosque o una recua de ganado) y los comunales digitales como el [[software libre]] que no conocen ni rivalidad en el consumo ni exhaustividad. Y siguiendo con el ejemplo del comunal, es de destacar que incluso cuando se define con cierta claridad, aparecen sesgos nada inocentes, como describirlo insistiendo nada pudorosamente en su potencial para convertir a los «expertos» académicos en una clase tecnocrática reguladora. […]

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