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Sobre las ceremonias

Nuestra necesidad ceremonial, como la sexual o la emocional no es un resto de irracionalidad animal ni un comportamiento infantil generador de oscuras supersticiones. Necesitamos no solo contar el cuento de lo que nos une, necesitamos representarlo para sentirnos actores del significado de nuestra vida.

ceremonia shintoLa red está llena de reportajes de divulgación y vídeos de neurólogos que nos explican que nuestro cerebro viene «preparado de serie» según unos para «la» religión, según otros para «la» creencia en Dios. Sorprendente. Sobre todo si pensamos que lo que hoy se entiende por religiones son construcciones culturales tremendamente recientes en la vida de la especie. Ni hablemos del monoteísmo.

Pero a poco que indaguemos, nos daremos cuenta de que en realidad lo que nos están describiendo no es un mecanismo neurológico que produzca «fe en seres sobrenaturales todopoderosos», sino los mecanismos fisiológicos de la ritualización. Tan potente ha sido la asimilación de ritualidad y religión en la cultura que los autores parecen confundirlas. Seguramente no sea del todo inocente. Al confundir una cosa con la otra, otorgan a las creencias de las grandes religiones monoteístas contemporáneas una «naturalidad» inexistente.

Lo que no deja de resultar paradójico es que la corriente dominante del ateísmo actual, el llamado «Nuevo Ateísmo» de Dawkins, Harris y otros, de por buena la asimilación. Como dice el dicho, tiran el niño de la ceremoniosidad con el agua sucia de la fe en seres sobrenaturales. Por eso resultó tan refrescante la aparición pública de un «ateísmo 2.0» de raíz epicúrea en la última década.

En realidad capacidad simbólica, emocionalidad, lenguaje, fantasía y rito son habilidades que aparecen en nuestra especie como parte de una potente caja de herramientas que nos posibilitó dar el salto de la manada a la tribu y en consecuencia de la evolución genética a la evolución cultural. Por eso estamos preconfigurados para ser ceremoniosos y ritualistas. Y eso no tiene nada que ver con la creencia en seres todopoderosos.

La importancia histórica del rito y la ceremonia

celebracion maoriDebemos mucho más de lo que pensamos a esa inclinación a la celebración ceremoniosa. El gran reto de la Historia Económica ha sido explicar los grandes cambios en los sistemas productivos. En general, lo que cualquier economista desde Marx a nuestros días nos dirá es que el motor de las transformaciones sociales está en el cambio tecnológico. Cuando una innovación consigue que se produzca más valor con menos recursos -es decir, cuando algo aumenta la productividad general de una economía- todo se reorganiza a su alrededor, cambiando de forma más o menos traumática las grandes formas de organización social.

Si hacemos un poco de memoria veremos que el esquema general funciona. Salvo en un caso… y no es menor: el paso de una sociedad de cazadores y recolectores a una sociedad agraria. No hay manera de explicar la primera sedentarización como una mejora de la productividad. Cultivar requería más recursos y producía menos que seguir siendo nómadas cazadores. Durante décadas se intentaron todo tipo de modelos explicativos, pero ninguno conseguía llegar a resultados realmente satisfactorios. Nuestros antepasados pasaron hambre y penurias para aprender a cultivar… y sin embargo, contra toda racionalidad, es lo que hicieron.

La explicación ha empezado a cuajar en los últimos años. Nuevos descubrimientos arqueológicos nos cuentan que en realidad no se asentaba toda la tribu, sino seguramente, una o dos personas. Estas cuidaban de cultivos «fermentables» que en cada ciclo de estaciones permitían la elaboración de algún tipo de primitiva chicha o cerveza. Se trataba de bebidas cuya función era integrarse en una suerte de fiesta anual en la que la comunidad nómada se reencontraba con sus menos productivos y sacrificados agricultores. El arqueólogo norteamericano Patrick McGovern remarca:

Comoquiera que caractericemos a estas bebidas neolíticas y la domesticación de estas plantas, encontraremos que se trata de un esfuerzo igualitario, con todos trabajando juntos.

fiesta inuitEn una economía basada en una estructura social muy horizontal como la caza y recolección, la celebración es el principal mecanismo colectivo cohesión social. Uniendo la redistribución entre agricultores y cazadores a la satisfacción de necesidades ceremoniales, la Humanidad neolítica afirmaba sin fricciones su igualitarismo. La fermentación de granos salvajes -la forma más primitiva de cerveza- empieza a jugar un papel cada vez más importante en estas fiestas porque de forma natural se convierten en el «objetivo» de todos. Toda celebración necesita algo especial. De ese modo algo en apariencia antieconómico, como sembrar y cultivar a tiempo completo se convierte en causa común y en el objeto de la primera división del trabajo. Y lo que es más, del primer comercio: recientes investigaciones sobre el ADN de la flora británica llevaron a los científicos a concluir que las comunidades neolíticas del Sur de Europa compartían o intercambiaban semillas de granos cultivados con sus vecinos más atrasados del Norte.

La primitiva comunidad agraria no tenía una estructura social ni un ciclo productivo esencialmente diferente de los de la tribu nómada. Tras el comunalismo primitivo de cazadores recolectores que fascinó a los primeros antropólogos, no vinieron el estado, la propiedad privada y la división sexual y social del trabajo, sino una fase de comunalismo agrario cuya unión con el pasado se sustentaría la lógica ceremonial de la celebración. Todas las culturas lo recordarán para siempre bajo el mito de una Edad de Oro en que la igualdad y la cohesión estaban en el centro del proceso productivo. Podría incluso interpretarse la pervivencia del mito como un deseo profundo de retomar una economía comunitaria capaz de celebrar y distribuir sin la mediación simbólica de una religión o del estado. El recuerdo, siempre subversivo, de un tiempo en que los humanos podían celebrarse a si mismos.

1 de mayo en la urssCon el fin del comunal como vertebrador de la estructura económica de la sociedad, el ritual y el ceremonial se hicieron más importantes que nunca para paliar las fracturas de una sociedad escindida. Por eso el estado trató siempre de capturarlos: desde las religiones creadas por los primitivos estados urbanos hasta los desfiles soviéticos del primero de mayo, pasando por juras de bandera y los matrimonios civiles. Cada estado utilizó para eso a su religión asociada y más recientemente sus versiones secularizadas, los nacionalismos de todos los colores y matices. El caso es que estado parece tener «horror vacui» y desde siempre ha intentado hacer suyas las celebraciones, los rituales de paso y las ceremonias civiles. Lo importante es distinguir que impone sus formas, pero no su existencia. Si existen es porque surgen una y otra vez con independencia de la política y la religión dominantes en cada época.

fiesta de la cosecha en kibbutz 2Por eso, cada comunidad que quiere afirmar su autonomía, tiene que afrontar también la creación de una ceremoniosidad propia: desde la densa ritualidad gremial de las fraternidades urbanas medievales a las fiestas de la cosecha de los kibutzim.

La ceremonia y el rito como parte de la experiencia humana

Los humanos no sólo estamos dotados de una especial capacidad simbólica, íntimamente ligada a ella toda una parte de nuestro cerebro está consagrada a la elaboración y disfrute de rituales. Capacidad simbólica, emocionalidad, lenguaje, fantasía, rito y ceremonia son habilidades propias de nuestra especie. En cada uno de nosotros esas habilidades no viven sólo como potencialidad sino como una necesidad cuyo desarrollo necesitamos. En realidad evaluamos un entorno social por el espacio que ofrece a todas ellas y sólo el racionalismo más chato ha pretendido alguna vez que nos olvidemos de nuestra ritualidad relegándola a un rol vergonzante, del todo similar al reservado para la sexualidad y la emocionalidad por las primeras ideologías puritanas.

Pero nuestra necesidad ceremonial, como la sexual o la emocional no es un resto de irracionalidad animal ni un comportamiento infantil generador de oscuras supersticiones. Necesitamos no solo contar el cuento de lo que nos une, necesitamos representarlo para sentirnos actores del significado de nuestra vida. Por eso, por ejemplo, cuando las familias han abandonado la parroquia cristiana como centro de la socialización, se han multiplicado halloweens, papás noeles y olentzeros, por no hablar del verdadero «upgrade» que han sufrido los cumpleaños infantiles. Pura y simplemente: necesitamos celebrar las ocasiones significativas porque necesitamos sentirnos parte de una comunidad.

Ceremonia y comunidad

fiesta de la cosecha en kibbutzDesde el punto de vista comunitario, la ceremonia y el rito no deberían abordarse desde la pompa y la pretenciosidad de nacionalistas y místicos, pero tampoco simplemente dejarse de lado. Porque en realidad, de lo que estamos hablando es del cuidado de las ocasiones significativas.

Como comunidad debemos ser firmes frente a actitudes designificadoras. No es fácil. La mayoría son aceptadas socialmente. Son una expresión del miedo a la responsabilidad puesta a cubierto por la herencia envenenada del culto a la espontaneidad del sesentayochismo y por la falsa «ironía postmoderna» de los noventa. Pensemos en el sarcasmo sobre si mismo de ese amigo que recibe un reconocimiento público; en los comentarios de superioridad de tantas personas ante una ocasión solemne en la que se sienten incómodos, es decir, en la que no se sienten a la altura de los que le rodean y temen ser rechazados. En el «humor» forzado del festejado en un cumpleaños que tiene que «hacerse el gracioso» cuando le piden unas palabras en los brindis. Son actitudes autonegadoras que no deberían existir en una comunidad donde todos se respetan a si mismos.

Por eso, evocar los valores, los significados de las cosas que hacemos y las etapas que superamos en la vida personal y colectiva pasa por tener el coraje de concedernos una ritualidad minimalista de pequeños gestos y rutinas cotidianas y desarrollar una ceremoniosidad que reafirme valores y compromisos en los momentos importantes de los ciclos del trabajo y de la vida.

Algunos ejemplos

brindisPor ejemplo, marcar grandes fronteras en el tiempo es importante porque nos ayuda a no tratar de sustituir unas tareas vitales con otras. Si el trabajo nos llena, es fácil alargarlo, especialmente si tenemos cosas que solventar en la intimidad o en la conversación común. En esos casos, aunque nos engañemos diciéndonos que estamos aportando más, estamos en realidad escabullendo responsabilidades con nuestros otros espacios y relaciones vitales. Un pequeño ceremonial de fin de día, como por ejemplo hacer una ronda de balance del trabajo, separa nítidamente los tiempos rompiendo dinámicas de sustitución y genera sensación de sentido en lo más concreto.

Aun más modesto, un brindis rotatorio en el almuerzo diario, nos da un momento de paz en el que dar sentido a lo hecho y ansiado en el día. Del mismo modo, tener «fiestas propias» como celebrar los aniversarios y compromisos que cohesionan a la comunidad, permite una perspectiva temporal más amplia en la que cada uno hace balance no solo del trabajo, sino de lo aprendido y convivido, poniendo en valor y sintiendo como suyo el progreso del conjunto.

La responsabilidad de la ceremonia

Como comunidad tenemos la responsabilidad de poner en valor lo que somos y hacemos juntos. Tener un proyecto comunitario significa mantener vivo un entorno empoderador para cada uno. Pero el empoderamiento no consiste, más que indirectamente, en ganar habilidades técnicas. Empoderarse es ganar serenidad, autonomía personal y colectiva. Ganar fuerza para enfrentar nuestras tareas vitales personales y aportar a la comunidad. Para conseguirlo nuestro cerebro tiene una completa caja de herramientas. La ceremoniosidad es una de ellas, por eso la necesitamos. Y debemos aprovecharla.

«Sobre las ceremonias» recibió 11 desde que se publicó el domingo 8 de marzo de 2015 dentro de la serie «» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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