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Conquistar el trabajo es reconquistar la vida

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monjesLa cultura que nos rodea dice valorar, sobre todas las demás cosas, la libertad individual. Es más, pretende que toda asociación con otros, supone necesariamente una renuncia de libertades. Esa renuncia solo se justificaría, en casos concretos, por alguna «gran causa» más o menos necesaria o más o menos idealista.

Es un planteamiento tan retorcido como falso. Contrapone libertad a responsabilidad. Aceptar y compartir responsabilidades con otros no nos hace menos libres. Necesitamos de los otros para ser libres y por tanto para ganar libertades necesitamos asumir responsabilidades tanto con nosotros mismos como con los demás. En la vida, más libertad significa siempre más responsabilidad… a no ser que confundamos al hombre libre con el tirano, aquel que hace lo que desea sin tener el cuenta los costes de hacerlo para si y para los demás.

Monjes de CardeñaEsta idea tiránica de la libertad da por hecho que cualquier manifestación comunitaria de las que nos rodean -familia, amigos, trabajo- son en realidad constricciones, pequeñas cárceles cotidianas. Y es verdad que puntualmente pueden llegar a parecérnoslo, puede que tengamos que cambiar de trabajo, pareja o círculo de amigos, puede que tengamos que cambiar algunas actitudes que nos hacen infelices o redefinir nuestros compromisos. Pero a nadie sensato se le pasa por la cabeza renunciar a la relación con los demás para ser más libres. En el fondo todos sabemos que el ideal de libertad individual no puede ser el aislamiento, que la persona que no tiene familia ni amigos, que renuncia a trabajar y hacer cosas con otros, no es más libre, sino menos.

Así que la causa más «natural» por la que alguien se une o alienta la formación de una comunidad debería simplemente ser: «para ser más libre, para poder ser más responsable y tener más soberanía sobre mi propia vida». Pero resulta que lo que nos ofrecieron siempre los modelos arquetípicos de comunidad en nuestra cultura -y en muchas otras- era todo lo contrario.

Desde la imposición del cristianismo en Europa, el modelo de comunidad de bienes, ahorro y trabajo ha sido el monasterio. El problema es que el monastismo cristiano -como el budista y casi toda la vida cenobítica- se basa en la renuncia, en la constricción total del espacio de decisión individual. Los votos de los monjes son obediencia, pobreza y castidad. El tiempo de sus días es una sucesión de trabajos y rituales instituidos en una regla. La vida monástica cristiana o budista se entiende como «renuncia», no como una base mejor para el desarrollo de cada uno. El monasterio no es una negación del individualismo tiránico, sino su afirmación más radical, por eso nos transmite el mismo mensaje: compartir con otros es renunciar a nosotros mismos, y si compartimos todo, como los monjes, renunciamos totalmente a dar forma a nuestra propia vida.

Afortunadamente existía otra tradición europea más antigua, la epicúrea, que entendía que las personas nos agrupamos por necesidad y que sentimos esa necesidad porque compartir con nuestros pares es lo que de verdad nos permite sentirnos libres y perseguir la felicidad. Pero esa es otra historia y merece su propio espacio.

«¿Son los monjes individualistas extremos?» recibió 0 desde que se publicó el lunes 2 de febrero de 2015 dentro de la serie «» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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