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Tejedores de contextos

Nada ha cambiado tan radicalmente en los últimos veinte años como el proceso de generación social de conocimiento.

Antes de la extensión social de Internet, incluso en cada red y entorno social, el conocimiento nuevo era el resultado de una conversación relativamente manejable entre agentes especializados articulada por instituciones bien establecidas encargadas de ordenar y filtrar la discusión social.

El modelo general venía dado por el parlamento y la prensa: unos cuantos nodos representaban grandes orientaciones y que al tiempo las constreñían dándoles coherencia interna. Cada área de conocimiento reproducía fractalmente este modelo. En la academia, por ejemplo, mediante los journals y el debate entre escuelas más o menos confundidas con disciplinas.

Pero la eclosión de Internet, ha erosionado tanto a la gran prensa como a los journals. Al interconectar directa y globalmente a millones de agentes que antes sólo aparecían en el espacio social tras ser filtrados institucionalmente, el sistema de generación social de conocimiento, en cada comunidad, se parece más a un sistema complejo, como la meteorología, que al ordenado mundo de los parlamentos y el ideal científico barroco. El estallido de diversidad consecuente ha hecho buena la profecía de Juan Urrutia en los ochenta: Internet es la postmodernidad.

Y ha sido precisamente esa fractalización y solapamiento de conocimientos, cada vez más ligados a identidades, la que ha llevado a plantear con más fuerza que nunca qué es y cómo se forma eso que llamamos conocimiento.

La definición canónica -significativamente originada en el mundo de la crítica del Arte y los objetos culturales- nos dice que conocer es dotar de significados, generar sentido, explicar un conjunto de hechos mediante un relato que cumple ciertas normas de coherencia interna y satisface ciertas condiciones epistemológicas.

Los significados que atribuimos, el relato que hacemos a partir de una serie de hechos, no surge de la nada ni aparece como el resultado de aplicar una función determinada. Los significados no se generan como si aplicáramos un operador matemático a un conjunto de datos. La información se significa desde y a partir de un contexto que es anterior y más amplio.

Estos contextos son en si mismos conjuntos de significados concatenados, enlazados entre si. Son matrices estructuradas de relatos con capacidad para generar otros relatos que se sostienen unos a otros conformando su propia estructura de legitimación. La teología católica, la teoría económica neoclásica y el psicoanálisis son por ejemplo otros tantos contextos capaces de generar conocimiento aunque sus productos no se reconozcan entre si como conocimientos válidos. Cada uno, aún en el caso de que invoquen principios comunes, opondrá su propia epistemología, su propio principio ordenador de verdad.

Estos marcos interpretativos, generadores de significado, son a su vez otros tantos mundos, el resultado de una interacción sostenida en el tiempo en el seno de una comunidad autoidentificada por su propio sistema de conocimiento. Y es que de hecho, el conocimiento sólo existe en comunidad, al punto que suele ser la comunidad la que poner los adjetivos del saber: comunidad científica, conocimiento científico; comunidad de fe, conocimiento teológico…

Y lo que vale para toda una serie de conocimientos pretendidamente universales vale también para conocimientos identitarios: desde el arte al particular conocimiento de las comunidades imaginadas de la nación, la ideología o el sexo, pasando por los relatos generadores de sentido de las comunidades reales, las empresas y las familias.

Lo que ha hecho Internet ha sido multiplicar la visibilidad y facilitar la generación de espacios de conocimiento, identidades y comunidades nuevas, haciendo cada vez más difícil representar homogéneamente el mapa del conocimiento social. Donde antes teníamos un rompecabezas de madera de cuatro piezas, ahora tenemos un puzzle de millones de piezas minúsculas, el mar de flores. La diversidad nos hace complejos al enfrentarnos al espejo de la propia diversidad de nuestros entornos.

Los llamados netócratas, son en realidad jardineros de contextos, procesadores de información, comunicadores, hackers, bricoleurs, que los desarrollan, los transmiten o los ponen en valor; que los solapan o los rompen en la danza orgánica de la gran digestión social de la información.

Han nacido y crecido profesionalmente en un mundo en el que el carácter irreductible de la diversidad se hace evidente, en el que todo es colaborativo e identitario al mismo tiempo. Pero en el que, a fin de cuentas, su propio valor viene dado por la coherencia de la comunidad de la que forman parte y el reconocimiento que obtengan de ella.

El reconocimiento y la jerarquía no se llevan bien. La cohesión forzosa tiende a disolverse en un mundo donde nada es más fácil que saltar de una red a otra, que identificarse y sumergirse en un contexto alternativo. Las empresas de los netócratas tienden a la horizontalidad y la ausencia casi total de jerarquías porque estas son contraproducentes para alcanzar el tipo de incentivos que les motivan. Por eso Juan Urrutia nos propone:

diferenciarlos de los empresarios y mirarles como miramos a los científicos. Pretenden ganarse la vida, pero no es ese ningún objetivo final. Desean realmente reconocimiento y la posibilidad de seguir aprendiendo.


En la siguiente entrega veremos como de la transnacionalización pareja a la vida en las redes distribuidas surge la filé como expresión de la netocracia y lo contrastaremos con otras filés, surgidas de la presión del mundo distribuido sobre viejas instituciones comunitarias.

«Tejedores de contextos» recibió 1 desde que se publicó el Lunes 30 de Marzo de 2009 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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