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Entorno_realLo social no aguanta la metáfora biológica, la idea decimonónica del individuo que se agrupa con otro en células (familia) y las células que se agrupan en órganos (clases) hasta formar un cuerpo «superior» (nación). De hecho los fenómenos sociales -incluidas las decisiones de consumo- rara vez pueden entenderse como el producto de una agregación pura de preferencias o decisiones individuales. La metáfora del tejido celular, simplemente no funciona.

La razón es que aunque podamos «aislar» conceptualmente al individuo, las «células» del tejido social -los microespacios de relación donde pasan las cosas- no son tales: no tienen fronteras definidas como las células de un tejido biológico. Si observamos el tejido social, la red de relaciones e interacciones entre individuos, no es homogénea: forma «grumos», clusters, comunidades reales. Estas subredes, como la familia, los amigos, los compañeros de alguna actividad, tampoco son homogéneas y sobre todo están superpuestas unas a otras, se solapan hasta el punto de que no son evidentes las fronteras entre ellas. Es más, están continuamente rehaciendo sus fronteras, tejiéndose y destejiéndose con el único límite de una cierta escala.

Este magma vivo de interacciones salta -y cada vez más- por encima de las fronteras geográficas, no digamos las políticas. En el mundo interconectado, solo las fronteras lingüísticas parecen crear en él surcos reconocibles -grandes metaclusters, espacios amplios de conversación social relativamente delimitados.

Sobre este mapa movedizo se coloca el aparato institucional. Se «coloca», no emerge de él, no es el producto social de la interacción entre esas comunidades solapadas. Por supuesto las instituciones condicionan y dan forma a las interacciones, pero salvo casos extraordinarios -un convento de clausura por ejemplo- tampoco imponen fronteras rígidas claramente reconocibles. Menos aun donde -como en la Europa actual- las principales instituciones sociales -estado y mercado- se solapan también entre si.

Lo social, visto desde la estructura de la red, es eso que ocurre en los clusters y aquello que ocurre entre los clusters. Nada parecido a un tejido celular. Nada de lo que emerja de manera evidente una estratificación o una división de tareas, mucho menos estados o identidades «superiores». Lo institucional no es una herramienta que nace y genera consciencia de la totalidad en los sujetos de esas interacciones. Es más bien el resultado de unas relaciones de poder entre subredes e individuos concretos en un espacio social determinado.

El conocimiento que genera es por tanto el conocimiento de esas relaciones particulares y los conceptos que surgen en ellas las abstracciones necesarias para ejercerlo más allá de las redes concretas en los que se produce. Como la institución ejerce poder sobre clusters con los que sus miembros -a su vez otros clusters- no están en relación directa, los imaginan. Esa imaginación del objeto del poder toma, por motivos prácticos, la forma de grandes seres colectivos definidos sobre características comunes. Sujetos cuya falta de «autoconsciencia» explicaría las dificultades predictivas de una imaginación tan ajena al tejido social real: clases, géneros, razas, naciones, estratos sociales… el poder reclamará pues que nos hagamos «conscientes» del «significado político» de nuestro lugar en el mercado de trabajo, de nuestro sexo, de nuestro lugar de nacimiento… en otras palabras, que nos identifiquemos con sus propias imaginaciones de lo social, que nos definamos según sus categorías, porque cuanto más lo hagamos más fácil será que su imaginación corresponda a la realidad y más invisible, menos cuestionado será el poder mismo.

El problema es que la «coherencia política» de esas imaginaciones entra en contradicción no pocas veces con la cohesión de esos clusters que son la vida real para los individuos, ofreciéndoles un sentido, un significado social (este o aquel «bien común») a costa de su propia vida social real. Las categorías sociales imaginadas desde el poder se convierten así -en mayor o menor medida- en profecías autocumplidas, reduciendo y aislando a las personas hasta convertirlas en individuos predecibles y reagrupables. En el límite: el reclutamiento para la guerra; en el la cotidianidad, los infinitos reclutamientos para los que nos reclama alguno de los avatares del «bien común». La resaca inevitable de tal soledad antisocial irá de la melancolía del votante desilusionado a la destrucción total que se esconde tras la autodefinición como víctima y por tanto como objeto irresponsable de un poder ajeno. Los ejemplos nos rodean.

Habitar realmente la vida, defender la propia libertad, pasa por retornar la mirada hacia el espacio social que hacemos y en el que vivimos, el de las comunidades reales en las que hacemos, abrazar la responsabilidad y encontrar significado en esas interacciones y en ese hacer, hallar significado en el conocimiento de un «nosotros mismos» que corresponda con la materialidad de nuestro propio lugar en el mapa.

«¿Tejido social?» recibió 30 desde que se publicó el Martes 22 de Diciembre de 2015 dentro de la serie «» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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