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Tiempos Modernos

Algunos subrayados personales en el libro de Paul Johnson «Tiempos Modernos»

paul johnson
Hoy me gustaría compartir unas cuantas citas de «Tiempos Modernos» de Paul Johnson, un historiador conservador británico que viene apareciendo cada cierto tiempo por este blog desde 2005. Cada día me resulta más refrescante. Y si su lectura del siglo XIX en «The birth of Modern» es un libro apasionante para cualquier hacker, su interpretación del siglo XX en «Tiempos Modernos» es una herramienta básica -casi al nivel de «Comunidades imaginadas» de Anderson- para resistir a la abrumadora catarata de inanes justificaciones de la barbarie que acompañan en estos años a la descomposición de las principales instituciones del mundo contemporáneo. La tesis central del libro es que con el cambio de siglo:

El derrumbe del impulso religioso dejaría un enorme vacío. La historia de los tiempos modernos es, en gran parte, la historia del modo en que se colmó ese vacío.

Y ese vacío se llenó con la política entendida como ejercicio de transformación total de la sociedad sobre la base del poder coercitivo del estado. Es decir,

El vicio más radical del siglo: la ingeniería social, la idea de que es posible usar a los seres humanos como si fueran paladas de cemento.

Con la ingeniería social sustituyendo a la teología política, una nueva pasión y un nuevo tipo humano protagonizarían nuestro tiempo:

Nietszche percibió acertadamente que el candidato más probable sería lo que él denominaba la «voluntad de poder», que ofrecía una explicación más integral y más plausible de la conducta humana que las concepciones de Marx y Freud. En lugar de la creencia religiosa, aparecía la ideología secular. Los que habían engrosado en otras épocas las filas del clero totalitario, ahora se convertirían en políticos totalitarios. Y sobre todo, la «voluntad de poder» originaría un nuevo tipo de mesías, que no soportaría las inhibiciones originadas en las sanciones religiosas, y que tendría un apetito ingobernable por controlar a la Humanidad. El fin del antiguo orden, en un mundo sin guía y a la deriva en un universo relativista, era una convocatoria que proponía la aparición de estos estadistas pistoleros. No tardaron en aparecer.

A partir de ahí la historia del siglo XX es la combinatoria de las distintas formas de política identitaria con el inmenso espectro de políticas públicas que la súbita e irremediable hipertrofia del estado permitió por primera vez. La idea romántica de «pueblo», el «volk», servirá de modelo a un tipo de narración que aparecerá en lugares aparentemente tan distantes como el antisemitismo nazi, el paneslavismo estalinista de la segunda guerra mundial, el nacionalismo asiático o africano y los regionalismos europeos más o menos etnicistas, todos unidos en su sustitución de la reponsabilidad individual por la «culpa colectiva» y su odio al desarraigado, al nómada, al «traidor» que no se deja clasificar o identificar por su supuesta «pertenencia» a una comunidad imaginada determinada y territorialmente delimitada.

Un Volk tenía un alma, que provenía de su hábitat natural. Como escribió Otto Gemlin, autor de novelas históricas, en un artículo publicado en Die Tat, órgano del movimiento romántico Volk: «La campiña es el paisaje peculiar de cada pueblo y cada raza». Si se destruye el paisaje o el Volk se separa de él, el alma muere. Los judíos no eran un Volk porque habían perdido el alma; carecían de «arraigo».

De ahí la pasión por el campo y la deificación de la naturaleza es sus formas más ridículas: el paisaje y el cuerpo «sano» idealizado.

En realidad, el antisemitismo alemán fue en gran medida un movimiento de «retorno al campo». Había escuelas Volk especiales, que destacaban la importancia de la vida al aire libre. Los «teatros en la montaña», que utilizaban los anfiteatros naturales, fueron construidos en las montañas Harz y en otros lugares, para ofrecer «ritos Volk» teatralizados y otros espectáculos, una actividad que los nazis retomaron después en enorme escala y con gran brillo. Los primeros movimientos juveniles, y sobre todo Wandervögel, que implicaba tocar la guitarra y recorrer a pie las campiñas, cobró una coloración antisemita, en especial cuando invadió los colegios y las universidades. El movimiento alemán de la «ciudad jardín» fue dirigido por Theodor Fritsch, un violento antisemita que publicó el Catecismo antisemita, obra que mereció cuarenta ediciones entre 1887 y 1936; los nazis llamaban a Fritsch Der Altmeister, «el gran maestro». Incluso el movimiento que impulsaba la práctica de los baños de sol, gracias al impulso de los símbolos nórdicos y arios, adquirió cierto sabor antisemita. Más aún, en Alemania existían durante la década de los veinte dos tipos diferentes de nudismo: el nudismo «judío», simbolizado por la bailarina negra Josefina Baker, que era heterosexual, comercial, cosmopolita, erótico e inmoral; y el nudismo antisemita que era alemán, Volkisch, nórdico, no sexual (a veces homosexual), puro y virtuoso.

Pero Johnson no se limita a lo previsible, encuentra por ejemplo la pulsión totalitaria en formas no evidentes de nacionalismo xenófobo como la ley seca norteamericana:

La verdad es que la Prohibición fue una forma torpe e insegura de ingeniería social, destinada a obtener, por vía de la ley, la homogeneidad de una comunidad heterogénea. Por supuesto, no implicó la enorme crueldad de la ingeniería social de Lenin en Rusia, o de la débil imitación de Mussolini en Italia, pero a su propio modo infligió el mismo daño a la moral social y la cohesión civilizada de la comunidad.

El despliegue del totalitarismo en el siglo XX se convierte desde esa mirada en el desarrollo coherente de un mismo principio. Todos sus avatares serían en realidad complementarios aunque compitieran entre si como presuntas alternativas en cada momento concreto:

El totalitarismo de la izquierda originó el totalitarismo de la derecha; el comunismo y el fascismo fueron el yunque y el martillo que destrozó al liberalismo. El ascenso de la autocracia de Stalin modificó la dinámica de la corrupción, no por referencia al carácter sino al grado, pues Stalin eran sencillamente «Lenin corregido y aumentado». De todos modos, el cambio de grado fue importante a causa de la escala misma. Los arrestos, las cárceles, los campamentos, el alcance, la brutalidad y la violencia de la ingeniería social; nada semejante existía o había sido imaginado antes. De modo que el contramodelo exhibió una ambición incluso más monstruosa y el temor que dinamizó su construcción fue aún más intenso. Si el leninismo engendró el fascismo de Mussolini, el stalinismo posibilitó el Leviatán nazi.

La tasa de mortalidad [de la batalla estalinista contra el campesinado independiente] casi superaba las posibilidades de la imaginación de los individuos civilizados. Medvedev calcula la cifra de las víctimas del gran terror, fusiladas sumariamente, entre 400.000 y 500.000. Cree que el número total de víctimas durante los años 1936 a 1939 fue aproximadamente de cuatro millones y medio. Los hombres y las mujeres morían en los campos en la proporción de aproximadamente un millón por año durante este y los períodos siguientes, y el total de muertes provocadas por la política de Stalin oscila alrededor de los 10 millones. Del mismo modo que la purga de Roehm indujo a Stalin a imitar el método, a su vez la escala de las atrocidades masivas de Stalin indujo a Hitler a aplicar sus esquemas de tiempos de guerra con el propósito de modificar toda la demografía de Europa Oriental. En la esfera de la ingeniería social, el asesinato masivo a escala industrial es siempre el arma definitiva; la solución final de Hitler aplicada al problema de los judíos se originó no sólo en su propia mente febril sino en la colectivización del campesinado soviético.

A semejanza de Lenin y Stalin, Hitler creía en la ingeniería social definitiva. El concepto de destruir a enormes categorías de personas cuya existencia amenazaba la misión histórica que él se había fijado, le parecía, como a aquéllos, totalmente aceptable. Las dos únicas cosas que temía eran la publicidad y la oposición que podía impedirle la ejecución de su tarea necesaria.

Pero el abrumador horror del nazismo y el estalinismo y sus secuelas (como el maoísmo) no le hacen dejar de ver que el virus estaba bien incubado también en los grandes estados europeos y sus élites, que entre otras cosas que destaca, abrazaron el bombardeo masivo de poblaciones civiles durante la segunda guerra mundial, se aplicaron al rediseño de fronteras y los desplazamientos forzosos de población a su fin y jugaron libremente a la ingeniería social en los países coloniales durante más de cincuenta años:

La gran tentación del colonialismo, el gusano que anidaba en la manzana del mercado libre, era el deseo de realizar actividades de ingeniería social. Para el administrador colonial era fácil convencerse de que podía mejorar el desempeño de las leyes de la oferta y la demanda tratando a su territorio como si fuera un hormiguero y a sus habitantes como las hormigas obreras que podían beneficiarse mediante cierta dosis de benévola organización.

La idea era que podía manipularse al africano para beneficiarlo. Por supuesto, la práctica era mucho menos benévola que la teoría. Hasta 1945 los franceses utilizaron la ingeniería social en enorme escala, bajo la forma del trabajo forzado y los códigos penales nativos. Era un sistema infinitamente menos salvaje y amplio que el archipiélago Gulag, pero se apoyaba en algunos conceptos semejantes.

Según Johnson fue el sistema colonial anglofrancés el que alcanzó su cúspide en el apartheid:

un proceso de ingeniería social que, por su consecuencia y duración, puede equipararse únicamente con el de la misma Rusia soviética.

Un proceso que tuvo su imagen especular en los nuevos estados fruto de la «liberación nacional»: Sukarno, Tito, el FLN argelino, el Sha de Persia y los nuevos estados del africa subsahariana se van sucediendo en un catálogo de horrores que no parece tener fin.

Las responsabilidades intelectuales

De forma interesante, Johnson destaca que tras la descolonización, lejos de producirse una crítica teórica generalizada tanto del totalitarismo como de su base -la creencia mesiánica en la ingeniería social- las ciencias sociales los reapuntalaron.

El espíritu de fines de los años sesenta, y todavía más el de principios y mediados de los años setenta, era acentuadamente colectivista y determinista. Gran parte de todo esto se originó, asimismo, en las tendencias intelectuales de París, proyectadas enérgicamente a la escena mundial gracias al renovado dinamismo económico de Francia. Durante los años cuarenta y cincuenta, Sartre en todo caso creía en el libre albedrío. En efecto, éste era la esencia de su filosofía, que la hacía esencialmente incompatible con el marxismo, por mucho que él se vinculara con los marxistas en un plano puramente político. Sartre vivió hasta 1980, pero por la época de la revuelta estudiantil de 1968 ya era una antigüedad intelectual. Los mandarines que ocuparon su lugar estaban todos influidos, en distintos grados, por el determinismo marxista, que niega la importancia del individuo, del libre albedrío o de la conciencia moral en la formación del mundo. A diferencia de los marxistas ortodoxos, no creían que las fuerzas económicas, que actuaban a través de las clases, eran el único factor dinámico de la historia humana. Cada uno proponía explicaciones alternativas o complementarias, pero todos aceptaban el punto de partida de Marx de que los hechos estaban determinados no por la voluntad humana, como se había supuesto tradicionalmente, sino por las estructuras ocultas de la sociedad. Como dijo Marx: «La disposición final de los factores económicos relativos según se manifiesta en la superficie […] es muy diferente y en realidad la inversa de su disposición esencial, interior pero oculta, y de la concepción correspondiente a ella». El hombre estaba encerrado en estructuras; el individuo del siglo XX estaba encerrado en las estructuras burguesas.

En su obra Antropología estructural, difundida ampliamente y traducida en 1963, Claude Lévi-Strauss insistió en que, si bien las estructuras sociales no eran visibles o siquiera comprobables mediante las observaciones empíricas, estaban presentes, del mismo modo que las estructuras moleculares existían aunque fuera posible descubrirlas sólo mediante el microscopio electrónico. Estas estructuras determinaban la forma de la mente, de manera que las manifestaciones que aparecían como actos de la voluntad humana eran simplemente formas que armonizaban con la estructura. A juicio de Lévi-Strauss, como de Marx, la historia no era una sucesión de hechos sino una pauta discernible que funcionaba de acuerdo con leyes que podían ser descubiertas. Una variación del mismo argumento provino de los historiadores franceses de la escuela Annales, y sobre todo de Fernand Braudel, cuya obra El Mediterráneo y el mundo del Mediterráneo en la época de Felipe II (1940) fue con mucho la obra histórica más influyente publicada después de la segunda guerra mundial. Estos estudiosos desechaban la narración porque la consideraban superficial y a los individuos porque eran elementos secundarios, y proponían una doctrina de determinismo geográfico y económico en el ámbito de la historia, cuyo curso general estaba decidido totalmente por dichas estructuras. En psicología, Jacques Lacan reinterpretó a Freud (hasta ese momento en general ignorado en Francia) y aportó un nuevo determinismo de la conducta humana, sobre la base de signos, señales, códigos y convenciones que, una vez analizados, dejaban poco espacio a la decisión humana. En literatura, Roland Barthes sostuvo que el novelista no creaba mediante un acto de la voluntad dotada de imaginación sino más bien respondiendo a las estructuras sociales, de las que extraía sus impulsos, expresados en los símbolos que usaba y que podían ser codificados por la nueva ciencia de la semiología. En lingüística, el erudito norteamericano Noam Chomsky desechó las características físicas del habla y el lenguaje por entender que eran superficiales y que estaban determinadas por las estructuras profundas de las reglas lingüísticas.

Lo que todos los estructuralistas tenían en común era el supuesto marxista de que las actividades y los atributos humanos estaban regidos por leyes, de un modo análogo al que se observa en las leyes científicas que rigen a la naturaleza inanimada. Por lo tanto, la función de las ciencias sociales era descubrir dichas leyes, y después la sociedad tenía que aplicar tales descubrimientos. La aparición de esta nueva forma de utopismo intelectual, con su enérgica sugerencia de ingeniería social obligatoria al final del camino, coincidió exactamente con la rápida expansión de la educación superior, sobre todo en las disciplinas relacionadas con las ciencias sociales, a fines de los años cincuenta y durante los sesenta.

La universidad masificada se convertirá entonces en una escuela preparatoria de ingenieros sociales, en las que una nueva y masiva clase media intelectual forjará su sentido histórico y su moral en la construcción de comunidades imaginadas

Entre mediados de los años cincuenta y fines de los sesenta, el incremento anual medio de los gastos en la educación superior fue de casi el 10 por ciento en Gran Bretaña, más del 11 por ciento en Estados Unidos, España y Japón, el 13,3 por ciento en Francia, más del 15 por ciento en Italia, Bélgica, los Países Bajos y Dinamarca, y más del 16 por ciento en Canadá y Alemania Occidental. La matrícula anual aumentó según un promedio anual más del 12 por ciento durante este período. A causa de un accidente histórico que nada tenía que ver con las estructuras, profundas o no, los estructuralistas ejercieron una influencia fuera de toda proporción con la plausibilidad intrínseca de sus teorías y alcanzaron el punto culminante de su gravitación sobre la sociedad durante los años setenta, cuando millones de nuevos graduados egresaron de las universidades.

¿Por qué se había frustrado la promesa del siglo XIX? ¿Por qué gran parte del siglo XX se convirtió en una era de horror o, como dirían algunos, de maldad? Las ciencias sociales, que afirmaban que esos interrogantes pertenecían a su propio ámbito, no podían suministrar la respuesta, lo que no era sorprendente: eran parte, y una parte muy importante, del problema. La economía, la sociología, la psicología y otras ciencias inexactas —apenas ciencias, a la luz de la experiencia moderna— habían construido el monstruo de la ingeniería social que, a su paso, había aplastado tantas vidas y destruido tanta riqueza. La tragedia fue que las ciencias sociales comenzaron a desacreditarse sólo durante los años setenta, después de haberse beneficiado del gran impulso de la educación superior. Por lo tanto, el efecto de la falacia de las ciencias sociales se seguirá sintiendo todavía hasta el siglo XXI

Y aun así, las palabras finales del libro rescatan aquel optimismo histórico que, a pesar de las guerras yugoslavas, el genocidio ruandés y Somalia, imperó hasta el 11S:

Jean-Jacques Rousseau fue uno de los primeros que afirmó que podía mejorarse a los seres humanos mediante el proceso político y que el organismo del cambio, el creador de lo que él denominó el «hombre nuevo», sería el Estado y los benefactores autodesignados que lo controlaban para beneficio de todos. Durante el siglo XX su teoría finalmente fue puesta a prueba en escala colosal, hasta la misma destrucción. Como hemos observado, hacia el año 1900, la política ya estaba reemplazando a la religión como principal forma de fanatismo. Para los arquetipos de la nueva clase, por ejemplo Lenin, Hitler y Mao Tse-tung, la política —palabra con la que designaban a la ingeniería social con propósitos elevados— era la única fuerza legítima de la actividad moral, elúnico medio seguro de mejorar a la humanidad. Este concepto, que a una era anterior le habría parecido fantástico, casi absurdo, se convirtió hasta cierto punto en la ortodoxia general, diluida en Occidente, virulenta en los países comunistas y gran parte del tercer mundo.

En el extremo democrático del espectro, el fanático político ofrecía el New Deal, la «Gran Sociedad», y el estado de bienestar; en el extremo totalitario, la revolución cultural; y siempre, por todas partes, la planificación. Estos fanáticos recorrieron las décadas y los hemisferios; eran charlatanes, carismáticos, exaltados, santos seculares, asesinos en masa, todos unidos en la creencia de que la política era la cura de todos los males humanos: Sun Yat-sen y Ataturk, Stalin y Mussolini, Jruschov, Ho Chi Minh, Pol Pot, Castro, Nehru, U Nu y Sukarno, Perón y Allende y Daniel Ortega, Nkrumah y Nyerere, Nasser, el sha Pahlevi, Gaddafi y Saddam Hussein, Honecker y Ceausescu.

Hacia los años noventa esta nueva clase gobernante había perdido la confianza en ella misma y rápidamente perdía terreno y poder en muchas regiones del mundo. En su mayoría, tanto muertos o vivos, ahora se veían execrados en sus propias patrias y sus grotescas estatuas eran derribadas o desfiguradas, como la cabeza burlona de Ozymandias de Shelley. ¿Era posible abrigar la esperanza de que «la era de la política» como la «era de la religión» antes, ahora estuviese tocando a su fin?

«Tiempos Modernos» recibió 43 desde que se publicó el domingo 25 de octubre de 2015 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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