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Conquistar el trabajo es reconquistar la vida

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kvutza Schiller 1932Gordon distinguía en las relaciones humanas entre las mecánicas y las orgánicas. Las orgánicas surgen de las interacciones libres, las mecánicas son el resultado de la aplicación de las reglas y procedimientos propios del entorno institucional.

Toda sociedad u organización humana que conoce la escasez va a necesitar siempre un entorno institucional para regular los conflictos; tan institucional es en esta definición el estado como el mercado o la forma histórica que toma el matrimonio en cada momento. Por mucho que la decisión colectiva, el intercambio o las relaciones amorosas sean en si relaciones orgánicas, cada sociedad las regula más o menos conscientemente dentro de sus posibilidades y valores. Cuando esa regulación es funcional a las relaciones orgánicas que le dan sentido, cuando las impulsa haciendo avanzar la abundancia, lo institucional nos parece «natural» y adecuado; pero cuando las condiciones productivas permiten o reclaman nuevas relaciones, lo institucional parece subitamente constreñir las relaciones espontáneas, orgánicas entre las personas y lo mecánico se hace insoportable.

La historia del cambio social es la historia del conflicto y la adecuación, movida por el cambio tecnológico -o lo que es lo mismo, por el desarrollo del conocimiento- del entorno institucional y limitaciones mecánicas a la interacción humana, al desarrollo de las relaciones orgánicas.

En el centro de este movimiento general de la especie se coloca una relación orgánica muy particular: el trabajo. El trabajo es en sí el origen de lo social. Los humanos nos agrupamos y relacionamos en primer lugar para «reproducir las condiciones de nuestra existencia» y a partir de ahí estamos determinados por nuestra evolución como especie -tanto natural como cultural- para cooperar y competir. Visto desde una perspectiva genérica, el trabajo es la relación orgánica entre nuestra especie y la Naturaleza. Es una relación de transformación cuyo producto es en primer lugar la producción material de la supervivencia y el bienestar, pero también del conocimiento. Conocimiento empírico de la Naturaleza -que empieza como saber productivo práctico y culmina en el desarrollo científico- y autoconocimiento del propio hacer que en los últimos siglos lleva al conocimiento social sobre la propia organización y comportamiento humanos.

El trabajo es tan importante, la relación principal entre la especie y la Naturaleza es tan determinante, que no solo da forma genérica a las relaciones entre personas y comunidades, sino que también nos conforma individual y comunitariamente. El trabajo y el conocimiento que le van parejos son «el hacer» que nos define y da sentido dentro de la comunidad y a la comunidad como un todo.

Tanto es así que la búsqueda de identidad, de pertenencia, solo va a tener sentido si es capaz de explicar el trabajo individual en el marco más amplio del trabajo colectivo que sostiene a nuestra comunidad y el conjunto de relaciones orgánicas que definen nuestra vida. Por eso cuando la escala del intercambio y la división del trabajo crezca sustancial y sostenidamente por encima del tamaño de la comunidad real allá por el siglo XVII en Europa, las identidades reales comunitarias irán entrando paulatinamente en crisis hasta aparecer un nuevo tipo de identidad colectiva, ahora ya necesariamente imaginada, la nación, como principal explicación de esa relación. Más allá de su adecuación a la imaginación de la sociedad por el poder, la nación es aquello que inventamos para entender el origen material de nuestra vida en el mundo intangible y distante de la emergencia de los mercados nacionales y el primer capitalismo.

Mientras las escalas productivas óptimas estuvieron muy por encima de la escala comunitaria, la resistencia a esta definición vital, necesariamente conflictiva y destructiva para las relaciones orgánicas y la comunidad real, los movimientos comunitarios -de los jardines epicúreos a las kvutzot israelíes- solo pudieron representar una resistencia particular a la gran corriente social, pero no una tendencia histórica hegemónica. Fueron un espacio de evolución y desarrollo del conocimiento de un nuevo tipo de relaciones humanas y de forma más general, de relación entre la especie humana y la Naturaleza.

Hoy estamos en un momento de transformación. Las escalas óptimas de producción se acercan a la dimensión comunitaria, el marco institucional entra en crisis y cosas tan evidentes hace unas décadas como la propiedad intelectual y las rentas y relaciones mecánicas que generaba, se hacen evidentemente contraproducentes, se enfrentan a la lógica del trabajo que quiere generar abundancia.

«Trabajo, abundancia y comunidad» recibió 27 desde que se publicó el miércoles 23 de diciembre de 2015 dentro de la serie «» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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