LasIndias.blog

Conquistar el trabajo es reconquistar la vida

Grupo de Cooperativas de las Indias

videoblog

libros

Transnacional no es internacional

Uno de las características más importantes de la filé es su carácter transnacional. La filé no piensa, ni se piensa, desde la nación ni desde el estado.

El nosotros de la filé no lleva adjetivos nacionales. La cohesión nacida de la fraternidad de la comunidad y, aún más dentro de esta, de la igualdad del demos, superan con mucho las divisorias entre comunidades nacionales imaginadas1.

Si algo tiene claro el miembro pleno de una filé es su demos y sus orígenes, que no están en nación alguna, sino en la libre interacción de un grupo de personas concretas, de una comunidad real, en un proceso material de generación de conocimiento. Conocimiento que es más cercano, tangible, práctico e identificador que cualquier imaginario nacional que quiera absorberle.

Si la nación fue aquello que inventamos para entender el origen material de nuestra vida en el mundo intangible y distante de la emergencia de los mercados nacionales y el primer capitalismo, la filé lo explica de nuevo en los términos concretos de la comunidad real, de la gente que conocemos con nombre, apellidos y forma de contacto, siquiera sea virtual. Si la nación nos relegaba a producto de un espíritu nacional, la democracia de la filé nos eleva a protagonistas históricos de una Historia que no es ya una parodia de las teogonías clásicas (naciones deificadas, líderes heroicos) sino una pequeña Biblia de uso doméstico, el relato del origen de una tribu que decidió ser su propio dios lar. De constructos producto de la nación, pasamos a creadores y protagonistas de la filé.

Si la nación representaba el mundo como un rompecabezas de piezas planas, cada cual con su color, la filé lo relata como una serie de alianzas, rutas y trayectos en el tiempo que van dejando el poso de un saber consensuado y abierto.

Los negocios y la estrategia de la filé no se piensan en términos nacionales. Hacerlo no sería sino posicionarse desde la mirada de un cobrador de impuestos cuya contabilidad final se coloca en las cuentas de un estado territorial. La filé se representa como un único metabolismo común en un mundo donde el movimiento de información y conocimiento permite colocar un centro donde sea más eficaz en tiempos mínimos. No se trata de exportar de un lugar a otro, se trata de materializar la producción misma en distintos momentos y lugares, en cada passagium de los que hacen el año neoveneciano. No se trata de consolidar las cuentas de una actividad internacionalizada. Se trata, a efectos impositivos, de descuartizar el funcionamiento de un único metabolismo económico en cuentas tasables por cada estado.

Desde esta mirada, la filé es transnacional incluso aunque su comercio no salga en un periodo dado de las fronteras de un único estado e incluso aunque en ese momento todos los miembros de su demos tengan el mismo pasaporte.

El límite nacional es en todo caso, una coyuntura. No hay genealogías implícitas, no hay un nosotros histórico anterior a la voluntad concreta de la propia adhesión e integración. No hay un imaginario intermedio entre la tribu hiperproductiva -que vive en la fraternidad pluriárquica de la deliberación permanente- y la empatía genérica por lo humano.

La pregunta de dónde soy deja de tener sentido, pues no hay ligazón específica con territorio físico alguno. ¿Soy acaso una patata que brotó del suelo? ¿Pertenece uno a un lugar o en todo caso le pertenecen recuerdos y vivencias de muchos? ¿Somos el producto necesario de una cultura nacional que nos conformó como una excepción ante el resto de los humanos o por el contrario esas particularidades que me unen a otros son objetos culturales de los que cada uno de nosotros se apropia en el curso de una experiencia compartida y en una conversación propia_? ¿Soy menos yo cuando estoy fuera del ámbito de un determinado cobrador de impuestos? ¿Me reincorporo a mi verdadero ser cuando paso el control de un guardafronteras del estado que certificó mi nacimiento?

La cotidianidad de la filé torna pueriles todas estas preguntas a las que la nación nos invita una y otra vez. Cuando se vive en un itinerario, cuando tus iguales, aquellos con los que gobiernas el metabolismo común de la fabricación de tu bienestar y con los que compartes la generación del conocimiento que te da sentido, pueden tener o no tu mismo pasaporte, es obvio que el territorio que te define identitariamente es un territorio social concreto, material, describible por sus elementos y su interacción. El nosotros puede concretarse siempre y en todo momento en un listado más o menos amplio de personas. El nosotros de la filé no es, como el nacional, un imaginario nacido de un suelo al modo de un rocío que calara nuestro ser al evaporarse.

Lo internacional es, en ese mundo, tan falso y ajeno como lo nacional. No hablan los orígenes nacionales cuando hablo con un igual de pasaporte distinto, no hay relación entonces entre personas de seres colectivos diferentes, hay interacción entre pares que construye un conocimiento común en una estructura de bienestar compartida. No exporto bien alguno cuando pongo mi conocimiento a trabajar en una ciudad bajo jurisdicción de otro estado y cuando hago las cuentas a fin de trimestre no me importa en qué puerto vendí o compré, sino por cuánto y con qué éxito, en que manera y cantidad eso afecta a los resultados de mi comunidad y su economía. Dentro o fuera de la comunidad, de mi comunidad: ésa es la única divisoria que afecta a mi contabilidad real, no dentro o fuera del estado donde fundamos legalmente tal o cual empresa.

Y no, no hay otra genealogía que la de los mitos que nos permiten compartir un espacio de valores, unos contextos, que nos permiten seguir considerándonos iguales.

Nadie sabe muy bien en qué consiste y a qué obliga -más allá del pago de impuestos- la presunta fraternidad nacional. Los nacionalistas a menudo invocan sentimientos ante paisajes, fenómenos masivos o injusticias históricas. Sujetos y fuerzas imaginarias personalizadas a presión porque, en realidad, para nosotros, carecen de cara y biografía real. El nacionalismo, toda identidad nacional, nos hace hijos de dioses con los que nunca podremos hablar ni interactuar. Sustituye nuestra genealogía biológica por una genealogía mítológica, constriñe nuestra genealogía intelectual en un proceso formativo del que en el mejor de los casos saldremos como mediums del ser nacional, del espíritu de la historia nacional y no como verdaderos sujetos, como protagonistas originales de nuestros aportes.

La fraternidad de la filé, de la comunidad real, la igualdad del demos con el que organizamos la producción material de nuestras necesidades, nos devuelve en cambio a la modestia del taller, al aporte personal, distinto y pequeño del maestro gremial; al aprendizaje permanente del tejedor de contextos, del ordenador de experiencias y saberes.

Y es precisamente por eso que nos devuelve a nuestro verdadero tamaño: el de dioses de un panteón tribal en el que la fraternidad se materializa cada día en complicidad y pequeños objetos, materiales o no, en los que el ser recupera su verdadera naturaleza: hacer. Hacer juntos.


1. Véase, De las naciones a las redes

«Transnacional no es internacional» recibió 0 desde que se publicó el viernes 24 de abril de 2009 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

Deja un comentario

Si no tienes todavía usuario puedes crear uno, que te servirá para comentar en todos los blogs de la red indiana en la
página de registro de Matríz.

Grupo de Cooperativas de las Indias.
Visita el blog de las Indias. Sabemos que últimamente no publicamos demasiado pero seguimos alojando a la red de blogs y a otros blogs e iniciativas de amigos de nuestras cooperativas.