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Transnacionalización, nacionalidad, ciudadanía y confederalismo

Si existe un procomún cultural a ser mantenido debería desarrollar sus propias estructuras transnacionales, pero parece sensato que la administración de lo que es local se decida por un censo basado exclusivamente en la vecindad

La definición del censo electoral aparece como centro del debate político en cada vez más lugares.

Las elecciones locales en buena parte del Norte peninsular, que tuvo una fuerte emigración a principios del siglo XX son decididas por el «voto emigrante», es decir, por los nietos de aquellos que se fueron… y que apenas guardan una relación «cultural» con el origen de sus abuelos. Sin salir de la península, el PP, partido conservador en el gobierno de España, ha propuesto la redefinición del censo electoral vasco para incluir en él a unas 300.000 personas que habrían abandonado Euskadi durante los años álgidos de la violencia. Recuerdan estas conversaciones a los debates israelíes entre los partidarios de un estado étnico como el actual -que otorga ciudadanía a cualquier judío étnico del mundo- y los partidarios de la reforma hacia un estado-nación.

El fenómeno es interesante. Por un lado los estados en descomposición tienden a primar el principio de nacionalidad frente al principio de ciudadanía, liberándose de la idea contractual que sostiene al segundo en favor de la afirmación identitaria que define al primero. Pero por otro, la misma definición de la comunidad nacional imaginada, basada en los orígenes pone en cuestión la posibilidad misma del carácter nacional del estado por la creciente transnacionalización de los grupos lingüísticos y culturales: por muy nacional que se quiera el aparato administrativo, ni son todos los que están ni están todos los que son.

La salida nacionalista autoritaria pasa por la homogeneización y la xenofobia cool hacia dentro y el expansionismo del censo hacia fuera. Es decir, a una parte de los vecinos no se les quiere dejar votar y sin embargo se le otorga el derecho al voto a personas que nunca vivieron en el lugar. El resultado inevitable es que son muchos los que en Galicia, Asturias o Israel no entienden por qué el alcalde de su pueblo acaba siendo decidido por un grupo de personas a las que sólo vieron un par de veces durante unas vacaciones, por cierto generalmente pagadas con dineros en teoría dedicados a la cooperación al desarrollo.

La idea del confederalismo asimétrico se presenta aquí como algo sensato y aplicable a corto plazo sin mayores dramas. La idea es que si existe un procomún cultural a ser mantenido debería desarrollar sus propias estructuras transnacionales. Estas serían algo diferentes del W3C o la Mozilla Foundation: sus miembros tendrían una cierta autonomía cultural reconocida globalmente para definir sus propias políticas culturales y lingüísticas entre sus miembros, entre los que podrían desarrollar también políticas de cohesión y solidaridad económicas propias. Pero la administración de lo que es local se decidiría por un censo basado exclusivamente en la vecindad, atendiendo tan sólo al principio de ciudadanía.

Hoy algunos estados como el austriaco o el español, incluyen en los impresos de sus impuestos una casilla que permite a los contribuyentes dedicar un porcentaje de lo que pagan a la confesión religiosa que profesan o a «otros fines de interés social» a determinar por el estado mismo.

No imagino de manera muy diferente la inserción de la dimensión transnacional en un sistema confederal con soberanía fiscal local como el suizo: votan en cada lugar todos los vecinos pero cuando los vecinos van a pagar sus impuestos, pueden elegir que una parte se destine a una organización transnacional que le represente en la identidad a la que se adscriba, sea cultural basada en un procomún identificado con un «orígen» (gibraltareña, brasileña, vasca o judía por ejemplo) o una comunidad transnacional sintética (las Indias, los muridíes, la Esperanta Civito, etc.)

Es de destacar que todo esto sólo es realmente aplicable si existe una soberanía fiscal cantonal que, por cierto y no por casualidad, es la base de la democracia directa… algo que a menudo olvidan los cada día más beligerantes defensores de un distrito electoral único para los grandes estados nacionales.

«Transnacionalización, nacionalidad, ciudadanía y confederalismo» recibió 1 desde que se publicó el martes 5 de junio de 2012 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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