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Un tiempo para los «pies polvorientos»

Seguimos el debate indiano sobre la figura del mercader a partir de “Las Ciudades de la Edad Media” de Henri Pirenne.

La tesis inicial de Las ciudades en la Edad Media sitúa “el cierre del Mediterráneo” como el origen de la Edad Media. El Mediterráneo puede considerarse como el configurador del imperio romano y bizantino, la base de su unidad económica, pero también el espacio a conquistar por los diferentes pueblos que se sienten atraídos por su clima suave, diversidad natural y civilización… y claro está, también por la riqueza de sus grandes puertos comerciales. Pero el 711 rompe definitivamente la unidad mediterránea, y “el mar se convierte en una barrera” para Occidente y Oriente.

A partir de este momento, Europa Occidental entra en una época de decadencia económica: Desaparece el comercio y los mercaderes, el cuño de oro y el monopolio que los estados ejercían para la acuñación de moneda.

La economía de cambio fue sustituída por la economía de consumo. Cada dominio, en lugar de continuar en relación con el exterior, constituye un pequeño mundo aparte […] El siglo IX es la Edad de Oro de la economía doméstica sin mercados

Sin embargo, este marco, donde la Europa Occidental pierde todo tipo de influencia y contacto con el exterior, no se reproduce en la banda oriental. Allí, reinos tapón se benefician del comercio que intermedian entre el imperio bizantino y el joven mundo musulmán. Es más, encontramos los que seguramente sean los primeros fondachi en Constantinopla:

Los mercaderes rusos tienen aquí un barrio especial y sus relaciones con los habitantes de la ciudad están reguladas por tratados comerciales, el más antiguo data del siglo IX

Esta situación tampoco se mantendría durante mucho tiempo, ya que a finales del S.IX y principios del X, los rusos por influencia de Constantinopla se convierten al cristianismo.

Otra de las excepciones la encontramos en Venecia donde podemos decir que los venecianos sacaron incluso ventaja del cierre del Mediterráneo. Según recoge Pirenne, “Venecia no pertenece a Occidente nada más que por su situación geográfica, pues le es ajena tanto por el tipo de vida que lleva, como por el espíritu que la anima“. Esta peculiaridad, junto con su posición geográfica militarmente inexpugnable, será la causa de que entre Venecia y Oriente no se pierda el contacto a lo largo de la Edad Media.

Desde Venecia, la nueva cultura mercantil se expandiría por toda Europa. Una nueva clase mercader surgió poco a poco asociada a herramientas que nos son familiares y sabemos indispensables: la generación de instrumentos financieros, el uso de la diplomacia corporativa y la inteligencia de negocio. Así, el nuevo mercader se define como un nuevo tipo humano:

Muchos conocían lenguas extranjeras y estaban al corriente de las costumbre y de las necesidades de diferentes países […] si se presentaba una oportunidad afortunada estaban entusiásticamente dispuestos a sacarle beneficios

Y oportunidades en tiempos de miseria no faltaban, cuando cada operación, además, suponía un importante beneficio, ya fuera un cargamento de trigo o valiosos tejidos. La actividad comercial por tanto permitía el ascenso social de forma rápida y admitía cualquier condición de partida.

Un interesantísimo ejemplo nos lo daría la biografía del sajón San Goderico. Nacido a finales del S.IX de campesinos pobres, se dedicó para subsistir a recorrer las playas en busca de restos de naufragios con los que mercadear. Pronto pasó a buhonero y comenzó a recorrer el país de feria en feria obteniendo pequeños beneficios. Su oportunidad le llega con el salto al comercio marítimo. Se asocia a otros mercaderes y fletan un barco que traslada mercancías y personas a lo largo de las costas de Inglaterra, Escocia, Dinamarca y Flandes. La sociedad prospera y nuestro San Goderico se convierte en un hombre cada vez más rico.

Santo modélico donde los haya, en San Goderico encontramos:

Finalmente, San Goderico, se aviene a la doctrina de la Iglesia, se convierte en monje y dona todos sus bienes a los pobres.

Tenemos hasta aquí que las habilidades para detectar oportunidades, la existencia de una mínima cultura de financiación y la cooperación son factores clave para entender el éxito de la naciente clase comerciante. Queda todavía una más: la organización de la seguridad en la itinerancia, dentro de un mundo fundamentalmente estático donde cualquier viaje es tan extraordinario como peligroso.

La seguridad está garantizada por la fuerza, y la fuerza es consecuencia de la unión […] los mercaderes recorren el país en bandas.

Estas agrupaciones comerciales son descritas por Pirenne

como bandas armadas cuyos miembros, provistos de armas y espadas, rodean a los caballos y a las carretas cargadas de sacos, fardos y toneles

Los comerciantes y la libertad

Los comerciantes son en esta época grupos en tránsito permanente.

Salvo en invierno, el comerciante de la Edad Media, está permanentemente en ruta, los textos del S.XII les llaman “pies polvorientos”.

Esta peculiaridad les confiere la condición de extranjeros en cualquier territorio. Aunque en su mayor parte proceden de padres no libres, son desconocidos a los que la población no puede relacionar con ningún señor. Su propio movimiento constituye la garantía de su libertad. A esta condición se llega por su uso y por el desarraigo del territorio natal que les permite ir a cualquier parte sin ser reclamados por nadie. No hay posibilidad de demostrar que previamente no disfrutaban de libertad, el derecho feudal juega paradójicamente a su favor.

Esta forma de vida, caracterizada por la itinerancia permante chocaba y sorprendía a una población vinculada a la tierra. Una sociedad agrícola que no tenía ningún hueco en su organización para estas gentes. Es más, a excepción de Italia, el prejuicio de que la dedicación al comercio es denigrante permanece vivo en el seno de la nobleza

la nobleza no tuvo más que desprecio para aquellos advenedizos cuya procedencia era desconocida y cuya insolente fortuna resultaba insoportable […] se sentía humillada por tener que recurrir, en momentos difíciles a la ayuda de estos nuevos ricos.

La Iglesia, por su parte, no hace sino reforzar esta tendencia. Considera que la vida comercial hace peligrar el alma. Un texto atribuído a S. Jerónimo plantea que un comerciante dificilmente puede agradar a Dios. Equipara el comercio a la usura y la búsqueda de beneficio con la avaricia. Aplicando esta tesis, el comerciante no gozaría de gran popularidad entre buena parte de la población que en esta época sigue a pies juntillas la doctrina eclesiástica.

El burgo nuevo

Los primeros asentamientos de la clase comerciante generan cambios urbanos, sociales y económicos. Por un lado, es necesario ampliar el recinto de los asentamientos comenzando la construcción extramuros.

Los burgos eran únicamente fortalezas cuyas murallas encerraban un perímetro extraordinariamente limitado, y por esta razón, desde un principio, los comerciantes se vieron obligados a instalarse, por la falta de sitio, en el exterior de ese perímetro.

A la población del “burgo nuevo“, los comerciantes, se le comenzó a conocer como burguensis, frente a los castellani o castrenses, que habitaban el burgo viejo.

Por lo general, la instalación de la burguesía fue acogida con muestras de desagrado. El comerciante no está sujeto al poder señorial de la época, conserva su condición de hombre libre, pero no ocurre lo mismo con los artesanos y campesinos que van llegando a los nuevos burgos. A diferencia de los comerciantes, la mayoría de ellos proceden de los alrededores, son conocidos y pueden ser reclamados por sus señores. Aunque se instalen en los nuevos levantamientos y abandonen el campo, no perderán su condición de siervos. Por otro lado, los mercaderes en muchas ocasiones se casan con mujeres locales, también siervas. Sus hijos, heredarán la condición de la madre por el principio “adagio partus ventrem sequitur”. Bajo el mismo techo pasarán a convivir un padre libre con una madre e hijos siervos. Es el precio del asentamiento, de la pertenencia a un territorio.

No cabe duda que esto conllevará conflictos sociales, aunque según nos cuenta Pirenne

la burguesía no es una clase revolucionara. Sólo pide que la sociedad le haga un lugar compatible con su tipo de vida

Es decir, no hay un sentimiento universalista que les mueva a reclamar los mismos privilegios que ellos disfrutan para el resto de la población. Sí para los suyos, obviamente, para los que pide concesiones y en este sentido comienzan a ejercer influencia en el desarrollo de un orden social acorde a sus necesidades.

Moraleja

Es el nacimiento de una clase de mercaderes el que sienta las bases del florecimiento económico y del comienzo de la vida urbana en la Europa Occidental al final de la Baja Edad Media. Una clase fuera del espacio delimitado en el orden feudal, en cierto modo extranjera siempre, no sólo por su itinerancia sino por su práctica y su mirada. Mirada que hará después igualmente extranjeras a sus ciudades en medio de una campiña servil. Lo que les hace libres, les hace prósperos, pero también ajenos a un mundo que no pueden sino transformar.

En tiempos de decadencia, caída de los mercados e imposibilidad de acceso a los mismos es posible asistir al nacimiento de una nueva clase social de mercaderes, que no dejan de ser ancestros de los neovenecianistas de nuestro tiempo. Los factores determinantes en aquel momento vuelven, a otra escala, a estar vigentes: cierre de mercados, dificultades crecientes a la movilidad de las personas, valores cada vez más encerrados en el territorio y un estado nacional que reclama que les pertenecemos por nacimiento.

Pero hoy tenemos tenemos también tecnologías que nos permiten en parte salvar las barreras físicas, tan costosas de eludir en la época medieval. Siempre hay espacio para salir del territorio y del poder territorial, siempre hay necesidad de emprender, comerciar, crecer y disfrutar de la libertad.

«Un tiempo para los «pies polvorientos»» recibió 0 desde que se publicó el Martes 24 de Agosto de 2010 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Natalia Fernández.

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