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Una historia incompleta del guaysismo español

Durante muchos años fui un comprador habitual en la cuesta de Moyano. Buscaba por allí autores como Víctor Serge, Isaak Deutscher, Guy Debord o Emmanuel Mounier. Poco en común hay entre ellos salvo el haber sido traducidos y editados profusamente en la España de los 70 para disfrute de una izquierda que, ascendente en el tardofranquismo, trataba de ponerse al día teóricamente de cuanto se había discutido en Europa desde los años 30.

Todos aquellos libros tenían en realidad una verdad profunda en común: tan sólo los prólogos habían sido leídos. Nunca olvidaré un ejemplar de El año I de la Revolución Rusa. La introducción estaba subrayada con lápices de color azul y rojo. Había sido estudiada con pasión, casi con ansia. Y sin embargo, el contenido mismo del libro había permanecido inmaculado. No es sólo que el canto sólo tuviera arrugas en la parte correspondiente al prólogo. Es que seguramente las páginas restantes nunca habían sido abiertas, por eso al abrirlas años después, aún con mimo, se desencuadernaban. Yo era muy joven y no entendía por qué alguien haría algo así. De hecho si yo leía alguna vez los prólogos era al final, tras haber sacado mis propias conclusiones. Pero lo realmente incomprensible era que eso pasara con tantos libros distintos. Llegué a pensar que en realidad estaba comprando pieza a pieza la biblioteca de un único coleccionista, un maniaco compulsivo o alguien que había hecho su tesis sobre el prologuismo español de los 70. Pero no, muchos de los libros estaban firmados por sus propietarios. Alguno incluso dedicado.

El misterio de los prólogos me hizo poner en duda los mitos de la Transición en los que había crecido. Esa izquierda comprometida, intelectualmente inquieta, profunda… en realidad sólo leía los prólogos porque lo que quería era poder hablar de los libros, no entenderlos ni criticarlos, no reapropiárselos o pensar a partir de ellos. Compraban libros de oscuros teóricos críticos con el marxismo porque molaba. Porque era guay citarlos y ser profundo, intelectual, radical y progresista con un puntillo libertario.

Así que en el fondo tampoco tenía tanto motivo para desengañarme respecto a los mitos oficiales, las imposturas de cada época son el mejor reflejo de sus valores y si se molestaban tanto en impostar lecturas, al menos me quedaba el consuelo de saber que, cuando yo era pequeño, leer, pensar y criticar servía tal vez para ligar.

En el fondo tenía algo de revuelta contra algo muy profundo en la cultura española: el desaire a las letras. Aquí los dibujinos se oponían al texto y el texto a los números. La inteligencia se asociaba a los números. El ¡es un pitagorín! se oponía al ¡que soy de letras!. Pero había algo aún más abajo intelectualmente: los dibujinos, la plástica, las bellas artes… cosas de niñas precisamente porque a las mujeres se les atribuía y trataba de imponer, una menor capacidad intelectual.

Y si el discurso del diseñador gráfico de los ochenta y noventa intentó en un primer momento vindicar la conceptualización, el discurso guay de los 90, el del diseño y la creatividad, invertirán la lógica haciendo suyo el discurso más reaccionario y rancio de la tradición machista. Si hablabas con cualquier guay, lo emocional se oponía a lo racional, la creatividad a la conceptualización. Se trataba de elevar a la categoría de discurso vital e ideológico una pose que nunca dejó de sonar a rabieta de estudiante vago. Frivolidad y superficialidad que al fin liberaban al que aceptaba el discurso, de mayores esfuerzos. Son los años Taschen, de las mesas de café hechas con libros de fotografía y catálogos de exposiciones… Ya no es necesario siquiera leer prólogos, basta con ojear libros de ilustraciones y revistas de tendencias.

Si, tremenda escuela fueron los 90. Como dice Maki, prevalencia de la forma sobre la sustancia. De esa lógica, de la éxaltación del diseño desubjetivado, vendrían luego -a pesar nuestra y de no pocos ni poco valiosos otros– el dospuntocerismo, el participacionismo y tantas tecnofilias frívolas que replicaban, copiaban y ponían cosas a votar sin preguntarse ni el qué, ni el quién, ni el para qué…

Siempre habrá guayses porque la frivolidad intelectual siempre es más fácil que la seriedad que permite construir. Los discursos guayses tal vez reculen con las crisis o tal vez sólo cambien las palabras de moda. Pero siempre estarán ahí.

Y por eso quién aporte, la persona valiosa, será siempre aquella que no tema que la pregunta incómoda, el juicio razonado o el argumento estructurado le dejen fuera del grupo cool, del circuito de eventos guayses o del círculo de la última tendencia. La que prefiera el esfuerzo y su premio -ese breve destello de felicidad que se produce al entender algo nuevo- antes que la vanidad de la aceptación.

«Una historia incompleta del guaysismo español» recibió 0 desde que se publicó el lunes 16 de febrero de 2009 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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