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Una incubadora de compañías comunitarias

Ampliando el campo y la ambición del debate de estas semanas…

Ayer sábado en el vermú, bajo el sol tibio de enero, estuvimos dándole vueltas a la idea de crear una escuela de compañías comunitarias. Cuanto más debatíamos más cuerpo tomaba la crítica de que, en realidad, nos habíamos fijado en la parte más «golosa» para nosotros, perdiendo la visión de conjunto: la necesidad de montar una incubadora integral de nuevo tipo que arrancara desde las personas y preparara pequeñas comunidades enteras. O, en lógica organizativa indiana, pasar de considerar «El Arte de las Cosas» como una herramienta que sirve para preparar y dar forma a proyectos internos, a darle una vida autónoma y continuada al servicio de nuestro entorno… lo que implica asegurar su sostenibilidad. Al volver a casa, un comentario de Juan Rico en el mismo sentido, no pudo sino acabar de decidirnos. Así que empecemos a esbozar ideas…

Diferencias entre lo que queremos y una incubadora al uso

  1. Origen en las personas. El punto de partida son personas, no proyectos ni empresas. Personas, pequeñas comunidades (familias, grupos de amigos, grupos de discusión…) que han llegado al punto de plantearse construir una compañía comunitaria.
  2. Destino en la comunidad. Pero una compañía comunitaria no es una start-up al uso, no se puede capitalizar sobre expectativas de plusvalías y ampliaciones de capital simplemente porque la clave del modelo es que la compañía siempre ha de ser propiedad de los miembros de la comunidad. Aunque puede financiarse de forma complementaria, los inversores no han de tener una visión especulativa sobre el stock, su rentabilidad vendrá de los excedentes repartidos, no de la venta de sus participaciones a nuevos inversores en sucesivas rondas de capital. En otras palabras: es una inversión clásica.
  3. Escala y capitalización. Las compañías comunitarias no son emprendimientos de gran escala, sino de gran alcance, no necesitan capitales millonarios. De hecho, nuestra experiencia nos dice que sobrecapitalizar es más peligroso que infracapitalizar, pues lleva a una sobredimensión que puede resultar en un callejón sin salida. Si la escala de capital de partida de una start-up está entre los 100.000 y el millón de euros, la de una empresa comunitaria está entre los 10.000 y los 20.000 euros.
  4. Libre mejor que abierto. Nada más secretista que un proyecto en gestación para start up; nada que benefice más a una compañía comunitaria que aprovechar todo el comunal existente como software libre, modelos de negocio, ideas… y sobre todo, nada mejor que generarlo a base de interacción con pares. Por eso surgen los «hacker hostels» y Y Combinator ha configurado el modelo de éxito de las nuevas incubadoras en EEUU.
  5. La comunidad como objetivo y como saber. La clave de las empresas comunitarias es… saber pensar lo comercial/empresarial desde la lógica de la comunidad. Las iniciativas de más éxito incubador en el mundo latoc, como TEC Monterrey, con más de 1.800 empresas incubadas con éxito, son las que han sabido entender la centralidad de las relaciones familiares y comunitarias.

¿Cómo funcionaría una incubadora integral de «compañías comunitarias»?

  1. Seleccionaría candidatos (con los novedosos sistemas Storge).
  2. Daría a los seleccionados una primera formación contextual online mediante un itinerario de lecturas y comentarios que sería también selectivo.
  3. Los seleccionados de esta segunda fase, pasarían tres meses como internos en una residencia al estilo de los hacker hostels: modesta (literas para todos) pero con amplios y luminosos espacios comunes de trabajo e interacción.
  4. Durante la residencia, los seleccionados diseñarían y elaborarían las bases sus proyectos y colaborarían en los de los demás. Todo con el consejo y la monitorización de nuestro equipo. Objetivo: pasar del aprendizaje cooperativo a la colaboración y de la colaboración al diseño y fundamentación de proyecto.
  5. A los tres meses los emprendedores volverían a casa y desarrollarían, con lo aprendido y trabajado, una nueva fase de debate y trabajo con los miembros de su comunidad, dando forma final al proyecto, constituyendo la empresa y poniéndola en marcha. Tras monitorizar online este desarrollo, algunos de ellos serian invitados de nuevo a breves estancias durante las que nuestro equipo organizaría, al estilo Y-Combinator, cenas informales con posibles inversores -solo uno por cena- en la que se presentarían los resultados del trabajo.

¿Cómo se cubren los costes de una incubadora así?

  1. Los cursos online son pagados por los candidatos aceptados, calculamos que sin muchas pérdidas podrían rondar los 300€ por persona, más podría dejar fuera a gente interesante, menos produciría de seguro selección adversa.
  2. El periodo de residencia e incubación tiene un coste «hostelero» -hay que buscar proveedores y presupuestar- y unos costes/hora de monitor que requieren también un -no necesariamente muy generoso- patrocinador externo. Este patrocinador o grupo de patrocinadores podría tener una opción preferente sobre las participaciones de los negocios que surgieran, asegurándosele no solo que sería el primero con opción a participar, sino tal vez, unas ciertas condiciones de rentabilidad social y económica. Hay que pensar que ningún proyecto tendrá, en ningún caso, más de un 35% de capital externo.
  3. Los emprendedores comunitarios se comprometerían a que las compañías nacidas del trabajo realizado en la residencia donaran un porcentaje de sus participaciones o en cualquier caso, a que usando una fórmula equivalente, donarán al proyecto un 3% de sus excedentes anuales, con lo que, con el tiempo, podríamos ampliar servicios y llegar a una sostenibilidad plena.

«Una incubadora de compañías comunitarias» recibió 0 desde que se publicó el Domingo 27 de Enero de 2013 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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