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Una vida interesante

En el ideal neovictoriano, una «good life» no pretende ser la expresión de nada, solo la base material para poder optar a una vida interesante.

En «La era del diamante» Neal Stephenson dedica no pocas páginas a detallar el modo de vida de la filé neovictoriana. Un ejemplo de esa «good life» en una «good society» de la que ayer hablaba Juan: vidas confortables pero sin excesos materiales, que disfrutan gracias a la tecnología de una buena ración de lógica de la abundancia pero que conservan pequeños «objetos amados» y rituales llenos de significado.

No es casualidad que Juan refiera a Bloomsbury e ilustre el post con una fotografía en la que aparece Lytton Strachey no mucho después de publicar «Eminent Victorians». El ideal estético ruskiniano no sólo influyó en las concepciones artísticas de Keynes y otros miembros del grupo.

Etica y estética en la matriz victoriana están intimamente ligadas por un ideal de sencillez… sumamente elaborado y amalgamado por la idea de que el empoderamiento personal se expresa, sobre todo, como «serenidad» en el ambiguo sentido veneciano, en el que señala al mismo tiempo una actitud externa, la templanza y una interna, la soberanía sobre uno mismo. Dicho de otro modo, si sinceramente prefieres el ArtKlass con toda su ironía contenida a la Torre Iberdrola, probablemente encuentres más atractivo un coche compartido que un Lexus híbrido, un confortable kibbutz urbano a un loft decorado como en una pesadilla espacial de Kubrick. Y lo que es más importante, considerarás los excesos de la moda, los gastos extravagantes o las inversiones enloquecidas como una pérdida de tiempo. Ni siquiera como una aberración. Por lo general, no te indignarán, simplemente te parecerán fuera de lugar. El victoriano se coloca en un lugar ideal donde la resiliencia se hace evidente porque la «good life» es en si misma robusta.

La diferencia con la ética y la estética que la producción en grandes escalas establecería después como estándar estético-moral –cubriendo con impudicia una sociedad patológica– es que para el victoriano los objetos, las ropas, las posesiones… no expresan, de ordinario, nada. El bienestar es un estado económico personal que permite optar por la realización personal, no una señal ni algo a simbolizar. La «good life» es solo la dotación que se considera adecuada para poder optar sin grandes heroicidades a una «interesting life», una vida interesante (todo lo heroica o lírica que se quiera).

Para el victoriano, la estética del orgullo personal se expresa al exterior como contención, como etiqueta, como formas sociales, no con objetos. Otro curioso enlace con la descripción que de la ética hacker hace Pekka Himanen, por cierto. Para el sociólogo la netiqueta, la contención en las formas de la relación entre hackers tiene un papel fundamental en el desarrollo de una nueva ética social.

Stephenson, en un conocido diálogo al comienzo de la «Era del diamante» lo expresa deliciosamente oponiéndolo, lo que resulta aún más importante, al rigorismo moral y a la exaltación de la pobreza que aparecen tras épocas de excesos:

—Sin derivar a cuestiones que son estrictamente personales —dijo Hackworth cuidadosamente—, conocí dos tipos de disciplina cuando era niño: ninguna en absoluto y demasiada. La primera conduce a comportamientos degenerados. Cuando hablo de degeneración, no estoy siendo mojigato, señor… Aludo a cosas que me eran muy conocidas, y que hicieron mi infancia algo menos que idílica.
Finkle-McGraw, quizá comprendiendo que se había excedido, asintió con vigor.
—Ése es un argumento familiar, por supuesto.
—Por supuesto, señor. No tendría la presunción de dar a entender que fui el único joven maltratado por lo que quedó de su cultura nativa.
—Y no veo esa implicación. Pero muchos de los que pensaban como usted se las arreglaron para entrar en phyles donde prevalece un régimen mucho más cruel y que nos consideran a nosotros degenerados.
—Mi vida no careció de periodos de disciplina irracional y excesiva, normalmente impuesta de forma caprichosa por los responsables en primer lugar de la laxitud. Eso combinado con mis estudios históricos me llevó, como a muchos otros, a la conclusión de que había poco en el siglo anterior digno de imitarse, y que debíamos mirar en el siglo diecinueve en busca de modelos sociales estables.
—¡Bien hecho, Hackworth! Pero debe saber que el modelo al que alude no sobrevivió por mucho a la primera reina Victoria.
—Hemos superado mucha de la ignorancia y resuelto muchas de las contradicciones internas que caracterizaron aquella época.
—Ah, ¿lo hemos hecho? Qué tranquilizador. ¿Y las hemos resuelto de forma que pueda garantizarse que esos niños vivirán vidas interesantes?

Cuando el objetivo moral es el desarrollo de la soberanía personal y comunitaria uno no puede dejar de sentir vacíos los alardes –por verdes que sean– y escalofriantes las ansias de autocastigo decrecionista, tan alejadas ambas de cualquier forma de vida interesante, discretamente apasionada, que con una cotidianidad sencilla son capaces de generar sentido a cada día.

A partir de ahí, nuestro Dogo piensa en un modelo social global en el que la disipación de rentas genera una «good life» a quienes saben construir una «interesting life». Es el resultado de toda de una sociedad sin rentas, desde el capitalismo que viene al modo de producción P2P. Pero entre el modelo global y la la ética personal, hay un espacio intermedio, central: la articulación de la relación entre la ética -personal y por tanto comunitaria- y el comportamiento económico. Toca enunciarlo y construirlo. Por supuesto, no hay una única manera. Pero con una que nos satisficiera nos bastaría. Y en eso estamos.

«Una vida interesante» recibió 0 desde que se publicó el sábado 1 de diciembre de 2012 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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