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Universalismo, nacionalismo y postmodernidad

El universalismo es una herencia de la teología cristiana que las Luces abrazaron con fervor. El mundo contemporáneo se construyó sobre la contradicción entre el presupuesto universalista de la razón y la lógica interesadamente diferenciadora del nacionalismo.

El resultado fue una definición de lo nacional como una excepción permanente. El habitual “pero en Argentina…“, “en este país…” o los absurdos conceptuales del tipo “la Matemática alemana” o “la Economía francesa” que surgen de forma natural del delirante oximoron “realidad nacional“.

En algunas regiones, donde el estado nacional tardó demasiado en cuajar o nunca llegó a imponerse con la fuerza ideológica a la que aspiraba, el contraste de un marco institucional nacional con una base ideológica católica (romana o griega) sigue produciendo continuos choques entre un discurso que se pretende universalmente válido (católico= universal) y las necesidades de una maquinaria política dependiente de intereses bien concretos.

El debate griego de estos meses o el rechazo social sufrido por el presidente Aznar a consecuencia de su posición en la invasión de Irak, podrían valer de ejemplo, pero también constructos ideológicos completos como el republicanismo francés o el eurocomunismo, ejemplos laicos de los continuos intentos (siempre fallidos) de articular universalismo y nacionalismo de una forma minimamente coherente.

Al final el estado necesita, especialmente en tiempos de crisis, escorar la balanza hacia el nacionalismo y la exclusión. Pero eso no quiere decir que el pensamiento social haga lo mismo. Claro que tampoco significa que el universalismo sea una alternativa y ni siquiera un aporte.

El universalista piensa de forma desubjetivada, piensa como Emperador del mundo en términos de lo universalmente bueno y aplicable. Ni se le ocurre que algo pueda ser bueno sólo para algunos y por ellos mismos. Es más le resulta sospechoso: su marco sigue siendo el de la oposición virtud-pecado. El mundo es para él un juego de suma cero donde si alguien gana con algo es porque otros pierden (o dejan de ganar). Un mundo a regular donde lo bueno ha de ser impuesto a todos y lo malo universalmente perseguido. Huelga decir que lo bueno y lo malo lo son de acuerdo a una razón supuestamente universal y única que acaba apropiándose de buena parte de los atributos teológicos del Dios cristiano.

Por ejemplo, si el universalista descubre la democracia económica y piensa que es positiva inmediatamente pasa a pensarla como sistema social global y mira al estado como la herramienta para convertirla en hegemónica.

Seguramente este sea el principal choque cultural entre los indianos y el entorno social en que nos movemos. Nuestra forma de trabajo, nuestra apuesta por la democracia económica no se justifica en su valor universal ni se hace en la perspectiva de un mundo organizado economicamente sobre cooperativas… sino por su valor para nosotros. Algo que inmediatamente se hace sospechoso para el universalismo, empeñado en recordarnos una y otra vez que nuestras opciones “no son para todo el mundo“, algo que nos resulta tan obvio como poco relevante.

Al final es otra cara del conflicto, de la incomprensión insalvable entre una Postmodernidad que hace de la diversidad una consecuencia de un mundo politeista de sujetos colectivos y saberes diferenciados y una Modernidad empeñada en imponer lo bueno y prohibir lo malo desde un estado contradictoriamente nacional y universalista al mismo tiempo.

Una vez más lógica de la abundancia frente a generación artificial de escasez.

«Universalismo, nacionalismo y postmodernidad» recibió 0 desde que se publicó el domingo 4 de abril de 2010 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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