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¿Vamos hacia una Globalización desanglificada?

EEUU y GB no se rebelan contra las asimetrías de la globalización, proponen usar las asimetrías de poder que la globalización les dio frente a otros países para paliar las asimetrías internas de clase. Desde donde estamos, la batalla contra la anglificación es importante porque supone enfrentarse al tiempo a los que quieren una alianza belicista con el anglomundo y a los que la rechazan sobre un nacionalismo caciquil.

Prácticas en las Indias

Cuando acabó la Segunda Guerra Mundial EEUU producía casi la mitad del PIB mundial y Gran Bretaña era todavía una potencia imperial que dominaba casi un cuarto de Africa y un buen pedazo de Asia, incluídas Pakistán e India. Los tratados de paz incluyeron extensos y detallados acuerdos que imposibilitaban a las que hasta entonces habían sido las dos mayores potencias cinematográficas europeas -Alemania e Italia, a quien se suponía entre los vencedores- volver a levantar su industria.

Es difícil hoy valorar hasta qué punto esto fue importante para la cultura global. En una época pre-tele, contar con un cuasi-monopolio de facto del cine permitía impulsar por primera vez la homogeneización de las identidades culturales locales. Los propios EEUU eran el mejor ejemplo. Cuando aparece la tecnología del cine sonoro a principios de los treinta es simplemente un fracaso. Al público no le gusta. Es una curiosidad, un IMAX de la época. La gente está acostumbrada al lenguaje del cine mudo. A principios de siglo más de 2.750.000 de americanos hacían su vida cotidiana en alemán animada por 613 periódicos, si les sumamos las minorías de lengua española, escandinava, italiana y francesa, tendremos un destello de hasta qué punto era un país plurilingüe mucho más allá del 20% de no anglófonos actual. Desde al menos 1850 había una política expresa de anglificación forzada de los hispanoparlantes en todo el Sur y el Oeste del país, pero no hubo ningún equivalente entre los germanófonos hasta la Primera Guerra Mundial. Tampoco había habido hasta entonces nada equivalente al cine. El estado decidió apostar por el paso al sonoro, así no gustara a los consumidores, como parte de su política identitaria. Y el pacto con Hollywood funcionó. El sonoro hizo a EEUU por primera vez un país prácticamente monolingüe convirtiendo las otras lenguas en marginales. ¿Qué cabía esperar en un mundo como el que sigue a 1945 en el que EEUU tenía el práctico monopolio del audiovisual?

EEUU se convirtió al monolingüismo inglés gracias al cine sonoro y esperaba algo parecido en la Europa de postguerra

Y sin embargo, aunque el inglés creció en uso global, no fue para tanto. En Italia, rodando casi en la clandestinidad y sin medios el cine «neo-realista» crea productos que seducen incluso a Hollywood. Tanto que tras «El ladrón de bicicletas» se instaura el Oscar a la mejor película extranjera como forma de sacar de la lucha por el premio a la mejor película al sorprendente viejo-nuevo rival. Otros países, como España, imponen el doblaje como forma de controlar los mensajes políticos y morales de Hollywood. Será, en el tiempo, un arma de doble filo: regala a la industria norteamericana la principal ventaja competitiva del cine local, el idioma, pero evita de forma efectiva la anglificación cotidiana que sufrirán otros países como Portugal. Y por supuesto están Francia y el bloque soviético. Dos contrapesos que lucharán expresamente, con políticas de estado, contra la hegemonía lingüística anglosajona. Por supuesto, la TV, la nueva industria de la música popular que nace en los sesenta, las nuevas tecnologías, la sexta flota y a partir de 1973 la entrada de Gran Bretaña y sus países cercanos en el Mercado Común Europeo ganarán espacios para el inglés, que en los ochenta es ya la mayor entre las «segundas lenguas» del mundo avanzado. Pero a finales de los ochenta el inglés no es todavía la «lengua franca global» que pretendió ser luego. Es ante todo una lengua bilateral. La lengua para hablar con el Imperio y aprender nuevas tecnologías. Ni siquiera es todavía la «lengua litúrgica» de las celebraciones juveniles, aunque acapare ya, país por país, salvo en Grecia y Brasil, más del 50% del entonces importante mercado discográfico.

El cambio vino a partir del 89. A la posición tecnológica subalterna de Europa y Japón (estamos en Internet, no en minitel; usamos Macs y PCs no Sinclair, Dragon o MSX) se unieron tres hechos claves. En primer lugar la caída del bloque soviético. El ruso nunca había competido seriamente con el inglés, el francés o el español como lengua global, sin embargo el valor simbólico del «triunfo» del «bloque occidental» recayó en los EEUU de Reagan. La juventud del Este europeo aprenderá inglés -no alemán como sus padres- como forma de «salir al mundo». En segundo lugar China, la primera potencia global emergente de la globalización, asume como su principal mercado el americano y como lengua «para Occidente» el inglés. Y en Iberoamérica, Europa, Africa e incluso Asia Central, la proliferación de organismos multilaterales aglutinará a las élites en una «clase internacional» para la que el inglés será un signo identitario y de posición. Y así, hasta hace unos meses, globalización era sinónimo de una anglificación cada vez más cínica y agresiva.

La ventaja tecnológica, el «fin de la Historia», China y el multilateralismo fueron los que anglificaron el mundo

¿Sobrevivirá la anglificación al Brexit y a Trump?

El Brexit y el trumpismo no marcan el fin de la globalización aunque hayan despertado los reflejos nacionalistas de Melenchon o Castells y revivificado los de la burguesía catalana o la escocesa. La base económica de esa globalización asimétrica, coja, centrada en lo financiero que hemos vivido es realmente muy sólida. Es difícil pensar que el gran capital global pueda renunciar a ella fácilmente.

EEUU y GB no salen de la globalización sino del multilateralismo, no van a renunciar a la anglificación del mundo

No, lo que viene en la primera oleada es otra globalización no menos coja que la anterior. Gran Bretaña y EEUU no están saliendo de la globalización, sino del multilateralismo. No van a renunciar a la anglificación del mundo, es solo que la «clase internacional», las élites internacionalizadas que representaban Hilary Clinton, Obama o Blair, neoliberales en lo económico y «progres» en equidad de género y cambio climático –el programa de toda la vida del radicalismo democrático anglosajón– ya no pueden mantener los equilibrios sociales internos. Los trabajadores no aceptan ser divididos en comunidades identitarias posmodernas cuando el centro de su vida, el trabajo, se descompone. Dicho de otro modo, el neoliberalismo dejó demasiada gente fuera y eso se tradujo en los mapas electorales británico y norteamericano en una fractura que era al tiempo social y geográfica.

Para arreglarlo sin tocar a los poderes económicos existentes la nueva estrategia es utilizar el poder acumulado durante las últimas décadas para reducir balanzas comerciales deficitarias, así nos lleve de nuevo a una guerra. En otras palabras, el trumpismo y el conservadurismo británico, aunque hayan sido votados por una clase obrera en protesta por la exclusión, no se rebelan contra las asimetrías de la globalización, al revés: para paliar las asimetrías sociales internas se proponen incrementar las asimetrías externas. Y si llega el momento y los discursos ultranacionalistas cuajan, hacer la que siempre ha sido la principal política social y de «recuperacíón» del capital sobre-escalado: la guerra.

Brexit+Trump no se rebelan contra las asimetrías de la globalización, proponen paliarlas con más asimetrías externas

En este marco, enfrentar la anglificación lingüística y cultural es más importante que nunca. No solo por las desigualdades sociales que produce y seguirá produciendo. También nos coloca en lugar correcto: enfrentados a los que siguen en el «sueño atlántico» de Aznar y a los nacionalismos cerriles y acomplejados de Europa. Porque si no se han enterado, no hay nada más anglófilo, más impúdicamente colonial, que un nacionalista de alguna nación del viejo mundo. Basta pasear por Tiflis, con sus calles rotuladas en inglés para darse cuenta de hasta qué punto el nacionalismo es hoy un disolvente de las lenguas locales, por no hablar de las minoritarias; el neonacionalismo europeo solo las utiliza para generar corralitos caciquiles y excluir a los trabajadores de minorías -y a veces mayorías- lingüísticas de un modo parecido al de Trump con los trabajadores hispanoparlantes.

El rechazo de la anglificación nos enfrenta al atlantismo belicista que amiga con Trump y al nacionalismo caciquil

Por eso el rechazo a la anglificación no encontrará amigos en el poder, ni en el filo-trumpista ni en el nacionalista. Y eso ya es una buena señal. Rechazar, ahora más que nunca, una cultura cada vez más colonial, más dependiente y subalterna, tiene que ser parte de esa enmienda a la totalidad que tenemos que hacerle al mundo con urgencia.

«¿Vamos hacia una Globalización desanglificada?» recibió 4 desde que se publicó el Domingo 9 de Abril de 2017 dentro de la serie «» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

Comentarios recibidos en este post y unidos a la discusión global de todos a través de la Matriz, nuestro espacio conversacional.

  1. Creo que me he perdido en la conclusión del post. Pero me tomo la libertad de complementar el artículo con un podcast sobre Chaplin donde se explica esa implantación del cine sonoro por parte de Hollywood, siempre nos quedará la duda de a donde hubiera llegado el lenguaje cinematográfico si no nos hubieran metido con calzador el inglés. https://www.ivoox.com/todopoderosos-25-chaplin-casas-unifamiliares-audios-mp3_rf_17069433_1.html

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