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Varoufakis se equivoca: la renta básica es una marcha atrás

La renta básica es atractiva: empoderadora individualmente, cruza fronteras ideológicas, es el sueño de la tecnocracia… y sin embargo tendría consecuencias sociales y morales terribles: xenofobia, desigualdad, aumento del poder de las macroempresas.

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Hace unos días Yanis Varoufakis ha defendido la idea de un ingreso mínimo universal independiente del trabajo y las coberturas sociales, la renta básica, como la reforma estructural necesaria para salir de la crisis.

Lo primero con Varoufakis, como con cualquiera que hace un argumento, es entender su marco de análisis y sus objetivos. El centro del pensamiento económico de Varoufakis es una vieja idea que ha torturado a muchos de los grandes economistas de la Historia como Ricardo, Marx o Keynes. La idea es sencilla y poderosa: las crisis del capitalismo se producen porque por sí mismo, es incapaz de generar una demanda efectiva capaz de absorber toda su producción.

La crítica de Varoufakis a Keynes

keynes por eliot fryPara Keynes la forma principal de escapar de esta tendencia es reequilibrar la relación entre el consumo y la inversión. La forma es la política monetaria -haciendo más accesible el crédito para producir inflación e incentivar a las familias a gastar más antes de que sus ahorros pierdan valor- y excepcionalmente el gasto público, haciendo del estado un sustituto del inexistente incremento del gasto de las familias. Pero en general los keynesianos también han aplaudido la redistribución de rentas (que puede implicar o no gasto público directo). Básicamente la solución keynesiana consiste en utilizar al estado (el banco central o el aparato de gobierno) para convertir la sobreacumulación crónica en demanda efectiva, preferiblemente de las familias, pero también del estado. En realidad a Keynes le daba igual cómo éso se produjera, con un «New Deal» o con un «estado del bienestar», pero es lógico que el keynesianismo convergiera en el consenso de postguerra con los modelos socialdemócratas.

Lo que nos cuenta Varoufakis es que ese modelo no va a funcionar más. Por un lado está el legado del neoliberalismo, la financiarización, que hace imposible expandir aun más el crédito de forma significativa.

roboadvisorPor otro una idea peculiar: que la robotización de los servicios mediante la Inteligencia Artificial representaría para él un nuevo tipo de innovación, una nueva forma de incrementar la productividad en la que según él, por primera vez en la Historia, el desempleo generado por la reconversión de los sectores afectados (los servicios) no sería absorbido a largo plazo por nuevos sectores (luego comentaremos esta idea). Esta tendencia estructural al desempleo creciente haría inviables los sistemas de seguridad social tal y como los entendemos hoy, es decir como un resultado del trabajo que, organizado en el estado, paga con sus cuotas pensiones y gastos sanitarios no solo a los trabajadores activos sino a pensionistas y desempleados. El resultado global, nos cuenta Varoufakis, es el infierno del keynesiano: un desequilibrio insalvable entre el ahorro/inversión/acumulación y el consumo de familias y estado (la demanda efectiva) que produce una tendencia deflacionaria permanente.

ocuppyPero, siguiendo en lógica keynesiana, como los que menos tienen son los que menos pueden ahorrar, crear un ingreso mínimo «porque sí», desvinculado del trabajo, aumentaría la demanda efectiva sin aumentar sustancialmente el ahorro (que por una igualdad contable es igual a la inversión, es decir, eso que los marxistas llamarían «acumulación»). Dicho a lo bruto: todo lo que se distribuya hacia el ingreso mínimo se transformará en consumo sin afectar a la inversión y el ahorro. La economía volvería a crecer y lo haría de una forma mucho más equilibrada. El monto del ingreso mínimo se convertiría en una palanca estándar, sencilla y única, con cuyas variaciones los planificadores económicos del siglo XXI jugarían al modo en el que los banqueros centrales del siglo XX jugaron con el tipo de interés. De ese modo, un ingreso mínimo igual para todos, nos dice Varoufakis, es la forma más efectiva de enfrentar las tendencias deflacionarias que expresan la incapacidad del capitalismo para equilibrarse por sí mismo.

varufakis planbEn ese momento, la idea de que el estado renuncie a los sistemas de aseguramiento (salud, desempleo, jubilación) y a una parte de las políticas sociales (subvenciones directas a la inclusión social) a favor de un ingreso universal mínimo igual para todos ya está suficientemente justificada para él. A partir de ese momento, la discusión está zanjada y el resto de los argumentos ya son mera «política», seducción, retórica, necesidad de convencer. Lo deja bien claro en su conferencia, pone todos esos argumentos a parte de la descripción del problema bajo la crisis y del porqué de su solución, los mete en una cajita que llama «relato» e instruye a la audiencia sobre como usarla. Y ahí es dónde Varoufakis se equivoca.

Está pensando no como el buen economista que es, sino como el típico economista de una institución financiera o como el asesor de un organismo internacional, aportando una solución a un único problema planteado -las tendencias deflacionarias que debilitan el crecimiento- y sin considerar nada más. Está pensando no como Keynes pensó sino como eso en lo que la mayoría de los keynesianos se han convertido en el Banco Mundial y otros templos de la «clase internacional». Y se equivoca porque el impacto y significado social de las grandes políticas públicas se mide por mucho más que su efecto sobre el tipo de interés.

¿Cómo sería una Europa con renta básica?

manifiesto-comuneroEn primer lugar hay una serie de críticas económicas importantes al argumento de Varoufakis. Al centrarse en el aspecto monetario de la crisis, deja de lado las transformaciones en la base productiva del capitalismo que están en su origen y que el capital financiero solo magnifica. Es más, se está perdiendo algo fundamental que sí que supieron ver Mason o Bauwens: la reducción de escalas productivas óptimas -de la que la IA es parte- unidas a las redes distribuidas dan la oportunidad de un cambio profundo en el sistema económico: pasar de producir valor a producir abundancia. Como resultado no ve lo más básico: que las grandes empresas no vayan a absorber el excedente de mano de obra que ellas mismas producen, no significa que ese excedente vaya a ser permanente o que la clase trabajadora no tenga otra alternativa que vivir subvencionada por una renta estatal.

Pero más allá de lo teórico y de la existencia de alternativas que vayan más allá de los parches keynesianos, el relato del «ingreso mínimo garantizado» (anteriormente conocido como «renta básica») invisibiliza buena parte de sus costes morales, sociales y políticos.

La pérdida de centralidad del trabajo alimenta la xenofobia

nacionalismo griegoPara empezar coloca a la mayor parte de la clase media y trabajadora en una situación de dependencia directa del estado. La lógica del sistema de aseguramiento público era que el estado administraba los fondos de pensiones, salud y desempleo. Pero estos, a las finales, dependían del trabajo. Como dice Varoufakis: «el trabajo se aseguraba a sí mismo». Al convertirse en un sistema puramente redistributivo desvinculado del trabajo, el centro pasa a estar definitivamente en el estado. Pero el estado «realmente existente» no es un estado universal, ni siquiera un «estado republicano universalista», es fundamental y globalmente un estado nacional. Es un tipo de estado que fabrica identidad nacional y se legitima a través de ella. En el estado nacional ser ciudadano es el resultado de tener su nacionalidad, por eso se hereda de los padres y por eso cientos de miles de, por ejemplo argentinos, votan en España, incluso en las elecciones locales, sin haber residido jamás y sin que suponga problema para nadie.

nacionalismo dinamarcaEsa lógica perversa que pone en cuestión la ciudadanía de muchos que aportan y enaltece la de otros muchos que ni siquiera visitaron, se reforzaría en el mundo del ingreso mínimo universal. Porque en el mundo de la renta básica, no es la ciudadanía creadora -lo que contribuyes a la sociedad a través de tu trabajo- sino la identidad nacional la que te garantiza los ingresos mínimos. Como dice el mismo Varoufakis, en un régimen de «ingreso mínimo garantizado» son esas transferencias del estado las que te hacen ciudadano, con independencia de tu aporte. A mi eso me parece una verdadera perversión moral. Pero sus consecuencias políticas son aun peores.

inmigrantes europa fortalezaLa Europa de la renta básica ya no sería la Europa que pondera a los emigrantes en función de lo que aportan a la Seguridad Social, sino una Europa doblemente amurallada que vería al emigrante como uno más con el que habría que repartir ese «dividendo social» del que habla Varoufakis. Un competidor en el juego de suma cero que es siempre el reparto de un beneficio dado y no como un trabajador cuyo trabajo genera valor y soporta la seguridad y las pensiones de todos.

Una de las principales causas por las que hoy crece el racismo en toda Europa es por la pérdida de centralidad del trabajo por el aumento de lo que las subvenciones y ayudas sociales representan para muchas familias en precario. Por eso los discursos de la extrema derecha vuelven a tener eco en la clase trabajadora. ¿Queremos reforzarlos?

prioridad nacionales inmigracionEl relato que nos propone Varoufakis nos coloca en un mundo donde los discursos xenófobos se verían legitimados. No es casualidad que el país donde estamos viendo políticas públicas más abiertamente distriminatorias y xenófobas sea Dinamarca, donde el enlace entre trabajo y rentas públicas es ya casi inexistente. Parece mentira que alguien como Varoufakis no vea la relación causal entre el cambio en el relato que fundamenta la redistribución y el crecimiento de un nacionalismo etnicista y xenófobo.

¿Renta básica a costa de más desigualdad?

desigualdad gini españaPero es que tampoco parece percatarse, como hemos visto en la campaña suiza por el referendum, de que abre la puerta a un sistema impositivo brutalmente regresivo y a un aumento exponencial de la desigualdad.

En Suiza los promotores del referendum planteaban financiar la renta básica con un IVA del 50%. Es muy alto, reconocían, pero nos aseguraban que ya no habría que pagar ni impuesto sobre la renta ni impuesto de sociedades, que se reducirá el fraude automáticamente y que se interferiría menos en los mecanismos de precios por lo que la economía como un todo sería más eficiente y competitiva. Todo eso es verdad. Pero hay un problema: el que tiene pocos ingresos gasta todos ellos en su supervivencia. Ese paga un 50% de impuestos sobre lo que gana. Pero conforme aumentan los ingresos, el porcentaje que usamos para consumo es cada vez más pequeño. Ese porcentaje es el mismo que pagaría en impuestos. Es el drama de los impuestos indirectos. Son regresivos, es decir, cuanto más ganas menos porcentaje de tus ingresos tienes que pagar. Al cargar sobre los que menos ingresan una carga proporcionalmente mayor, la imposición indirecta favorece la desigualdad, quita proporcionalmente más al que más necesita ese dinero. Por eso el peso de los sistemas impositivos modernos recae sobre los impuestos directos como el IRPF en los que cada «tramo» de ingreso paga un tipo superior al anterior.

irpf 2015No tendría por qué ser necesariamente así, puede construirse una renta básica sobre un sistema impositivo más equilibrado, pero tampoco es gratuito que los defensores de la renta básica defiendan el paso a un sistema impositivo basado solo en impuestos indirectos. Saben que superponer una renta básica real, equivalente a un salario mínimo, a un sistema de impuestos directos y progresivos elevaría la presión fiscal hasta el punto de hacer inviables la mayor parte de las pequeñas empresas, multiplicando el desempleo.

¿Por qué la renta básica es una estrategia atractiva?

varufakisLa renta básica es una propuesta atractiva porque encaja muy bien en el espíritu de nuestra época.

Por un lado, y es muy importante, se argumenta desde el empoderamiento individual. La experiencia social del desempleo, con todo lo que tiene de estigmatización y culpabilización, hace que nos resulte odioso tramitar nada ante el estado y aun más contar a un funcionario nuestras desgracias. Al lado del escrutinio de un funcionario o de un médico de familia a la hora de tramitar una baja, la renta básica es tan apetecible como la abolición de la atención al cliente de las operadoras de telefonía. Tiene el mismo tipo de atractivo que está haciendo que cada vez más gente sustituya su sucursal bancaria por una página web o una app.

Por otro, es algo «nuevo» que aparentemente nos saca de las cansinas divisorias partidistas. La derecha libertaria ve en ella una versión corregida y ampliada de su «cheque escolar». La nueva izquierda ve en la centralidad del estado la reivindicación de sus valores y cree haber encontrado la alternativa al modelo social-demócrata-cristiano europeo que el neoliberalismo había dejado temblando.

Además es lógico que atraiga a los tecnócratas y la academia, incluso a algunos economistas críticos tan queridos como Varoufakis. La idea de reducir la parte central de las políticas sociales a una variable redistributiva (el monto del ingreso mínimo igual para todos) abre no solo un campo de juego teórico en la Macro sino la perspectiva de una agencia independiente que lo fije al modo en que los bancos centrales fijan el tipo de interés. La Economía y los economistas volverían al centro de la política económica práctica y los políticos verían aun más reducido su poder en favor de los argumentos analíticos.

No hay duda: la renta básica parte con una «buena mano». Y sin embargo sería un grave error.

La cara oculta de la renta básica

ofertas por catastrofeEl principal problema de la renta básica es que supondría el final definitivo de la centralidad del trabajo en el relato social. No es solo un problema moral, es que solo podremos ganar soberanía sobre la economía si tomamos el camino contrario. En esto lleva toda la razón Mason cuando reivindica de nuevo la teoría del valor trabajo aunque solo sea para poner el trabajo, la capacidad transformadora de nuestra especie, en el centro del problema social y económico.

Si preocuparse por el fin de la centralidad del trabajo suena demasiado filosófico, sus consecuencias directas son bien prácticas: aumento de la centralidad del estado nacional y de la identidad nacional en la vida cotidiana, con la consiguiente legitimación del nacionalismo y la xenofobia.

Y por si esto fuera poco un muy posible refuerzo de la tendencia al alza de la desigualdad por el tipo de sistema impositivo regresivo que se plantea como base fiscal de este modelo. Y si se intenta equilibrar, lo que parece inevitable, una reducción aun mayor del tejido de PYMES y de autónomos en beneficio de las grandes empresas y en contra del empleo.

En resumen ataca todo aquello que en el mundo en que vivimos nos hace posible pensar y trabajar por una buena sociedad capaz de avanzar hacia la superación de la escasez y la desigualdad.

Varoufakis, se equivoca. Y mucho.

«Varoufakis se equivoca: la renta básica es una marcha atrás» recibió 85 desde que se publicó el domingo 22 de mayo de 2016 dentro de la serie «» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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