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Verdad y consenso en el mar de flores

Segunda parte de la miniserie sobre la aparición y significado de las formas pre y protomodernas en los fenómenos de la postmodernidad, dedicado hoy a la cultura de masas y la generación social de significados.

(II parte de ¿Es la postmodernidad una vuelta atrás?)
Hace años que Umberto Eco no pierde ocasión de cargar contra Internet. En su mirada patricia sobre la cultura de masas no sólo existe la capa marxista que la categoriza como saber alienado sino todo el programa moderno, monoteista, que cree la diversidad social reductible a una única verdad. Para Eco y su entorno la postmodernidad no puede ser sino una regresión… o si se prefiere una invasión bárbara como la define Baricco, que avanza destruyendo con su banalidad el bien organizado y taxonomizado mundo abierto por la Ilustración.

Libre del dramatismo de la posición culpable y chovinista de los semiólogos italianos y su entorno, existe un debate más profundo sobre lo que se ha venido en llamar el paréntesis gutemberiano. La idea de que la manera de trabajar la información y alcanzar consensos sociales a partir de ella (eso que llamamos verdad) fue transformada por la imprenta, cerrando una era de oralidad y abriendo una época que ahora se estaría cerrando, gracias al impacto de Internet para dar paso a un tiempo de oralidad secundaria.

El paréntesis gutemberiano

Este debate incluye miradas cada vez más potentes como Thomas Pettit, que más allá de constatar el fin de las categorías de la textualidad moderna, abren el espacio de la discusión a una crítica más radical, subversiva, todavía timidamente enunciada. Como se pregunta Alejandro Piscitelli:

¿y si la imprenta en vez de haber jugado es el lugar emancipador, en realidad no fue sino el Caballo de Troya, a través del cual la estandarizacion, automatización y sobretodo mecanización de la conciencia tuvo lugar?

¿Internet premoderno?

El imaginario moderno, con las subjetividades derivándose unas de otras en una taxonomía perfecta y concurrente en el vértice de la verdad, no se hizo material hasta la revolución del telégrafo, no la de la imprenta, al fin indistinguible de la ordenación (centralizada) del mundo en la teología protestante en cuyo marco se expandió (no olvidemos que el primer bombazo de la imprenta fue la Biblia de Lutero). Si la imprenta creó en cierta medida a la nación, el telégrafo ordenó el estado nacional y la estructura mental de la Modernidad en su forma canónica: creó la opinión y la agenda pública nacional, la escuela nacionalizante y la homogeneidad originalmente sólo soñada en los últimos mapas coloniales de América y los primeros napoleónicos.

El concepto de verdad de la era telegráfica, instantánea y globalizada pero jerarquizada y filtrada desde el poder, es el verdadero canon moderno. Para nacer precisaba hacer global la universidad y la Academia napoleónicas. Tuvo su edad de la inocencia en el victorianismo, su imagen especular en la Rusia Soviética y su ocaso monstruoso -cientifismo étnicosocial incluído- en la Shoah.

La epistemología moderna al final encontraba su mapa en el mundo puzzle de los congresos y premios internacionales. Su centro no era la textualidad sino la posibilidad de afirmar consensuadamente verdades globales según el modelo científico universitario. Entre los premios de la Academia Sueca y las directrices de la Comintern o la Internacional Socialista mediaban diferencias de contenido, no de concepción del mundo.

Eso es lo que la explosión de diversidad, que llamamos postmodernidad y que surge en paralelo a la nueva topología de la información hija de Internet, pone en cuestión. Pero ¿supone realmente el paso a una cierta premodernidad a una oralidad secundaria?

Seguramente estemos, como en el análisis de los conflictos, cayendo en el mismo error moderno de confundir metáforas con categorías y estas con estructuras materiales.

Como se ve en el esquema del paréntesis gutemberiano, el metabolismo social de generación de significados ha cambiado. Ha cambiado precisamente porque no es una bien organizada Academia global la que establece esos significados sino la gigantesca digestión simbólica de un mar de flores. La consecuencia es obvia: Al distribuirse el poder se multiplican los saberes y dejan de tener sentido estrictamente en relación al estado. El académico que daba esplendor a la verdad, el escritor que servía de medium al espíritu nacional, pierden su obligada audiencia y se ven contestados impúdicamente. Su propio trabajo se banaliza y se hace efímero. Eco comienza el luto de su mundo sabiéndose recientemente olvidado como académico pero honrado como novelista pulp.

Pero tanto en un modelo como en otro, la herramienta es textual. En el nuevo recuerda a la oralidad porque la oralidad a pesar de ser restringida desde la omnipresencia de la agenda pública nacional al conocimiento consuetudinario y las relaciones sociales básicas (familia, amigos, gremio…) nunca desapareció como mecanismo distribuido de generación de consensos (=verdades =poder) locales. Comprender el reempoderamiento que el nuevo metabolismo informacional supone en la nueva era no es asumir la lectura diagonal y la supuesta banalización de la globalización y atomización de la agenda, sino abandonar las categorías moderno-protestantes de la textualidad.

No avanzamos hacia atrás, reemerge la verdad del saber en comunidad, la irreductibilidad de la diversidad de intereses e identidades, frente a la homogeneización forzada de la verdad única del estado constituyente de connacionales.

«Verdad y consenso en el mar de flores» recibió 0 desde que se publicó el lunes 7 de junio de 2010 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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