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La verdad del olentzero

La verdad de los mitos no es la verdad histórica, pero tampoco es una verdad unicamente literaria.

olentzeroDicen que en Islandia es típico pasar la Nochebuena leyendo los libros recibidos tras la cena. No es muy distinto en mi entorno. Durante todo el año. Mi madre nos manda libros habitualmente y es toda una fiesta cada vez que llegan. Tardas un tiempo en leerlos todos, claro. Y dependiendo del trabajo acumulado algunos quedan para más adelante. Anoche encontré una joyita entre uno de esos. Hacía tiempo que no encontraba una novela de aventuras que me abdujese como «Los ogros del Ganges». Devoré las primeras doscientas páginas a toda velocidad y antes de darme cuenta ya estaba en la cama, era medianoche, y caía dormido. Un sábado perfecto.

La novela tenía -seguramente por la traducción- algún pequeño patinazo (nadie hubiera dicho en los años treinta que los británicos tenían un espíritu «socialdemócrata» con el mismo sentido que daríamos hoy a la frase) y elementos de fantasía (un trasunto de Madam Blavatsky ayuda al protagonista a escapar del embrujo que le hace una espía nazi). Y todo eso solo hace la historia más fascinante. El criterio de calidad en un libro de aventuras no es la reproducción historicista del lenguaje ni la pedagogía de la ciencia. Su verdad está en otro lado y es lo suficientemente difícil de conseguir como para no ponernos pejigueros con tonterías. Con una verosimilitud pactada entre lector y escritor es suficiente.

¿Por qué les cuento todo esto? No se preocupen, no voy a hacer de nuevo crítica del recientemente olvidado Juaristi y su discurso ahora que se redujo a pequeño rentista autonómico y sus libros pasan desapercibidos. Creo que, pasados el ruido y la furia del primer neonacionalismo aznarita, a nadie se le escapa ya que el mito es generador de verdad social con independencia de su historicidad. Discutir la historicidad de los mitos es tan tonto como enfrentar a Newton con Son Goku.

Todo viene a cuenta de la insistencia en la antiguedad y «ancestralidad» del Olentzero. A poco que estudiemos la figura, resulta claramente la adecuación del «jentil» rural a la Navidad católica urbana. Una forma de mantener por la puerta de atrás un resto de las celebraciones naturalistas precristianas, aceptando su humillación, su conversión en figura bufa. Un fenómeno común en todos los lugares donde el catolicismo tuvo dificultades con un campesinado disperso (paganus en latín) hasta casi el siglo XX (en el fondo igual al Santo de los borrachos y sus procesiones). Un mito humillado conservado en harapos por un campesinado despreciado y por lo general, maltratado cuando «bajaba» a la capital.

Lo interesante del Olentzero desde el punto de vista histórico está en su recuperación por el nacionalismo vasco a lo largo del siglo XX. El cambio del olentzero vago, sucio y bruto que causa temor en los niños, al olentzero «sabio» y querido por los niños, simboliza la reconsideración de lo rural y del campesinado en el entonces casi inédito proyecto nacionalista vasco. La nueva mitología del siglo tenía que ser «imperialista hacia el pasado» de un modo diferente al modo en que lo habían sido los grandes nacionalismos de principios del XIX. El resultado sería necesariamente contradictorio: una mitología «ancestralizante» para un pujante país industrial. Es lo que el dr. Aresti de «El Intruso» le afea a un Urquiola recien salido de Deusto:

Vizcaya no tiene apenas historia—continuó el doctor,—y por esto posee la energía de los pueblos jóvenes. Su grandeza empieza ahora; sólo que los enemigos de lo moderno no lo ven. Su gloria es reciente y está en la ría, en el puerto, en las ruinas y las fábricas, en los buques que pasean por todos los mares la bandera de su matrícula, en el esfuerzo colosal de dos generaciones que han trastornado la naturaleza para explotarla. (…) ¿Ve usted ahí á mi primo que no sueña con la gloria histórica, ni se preocupa de lo que pensarán de él en el porvenir? Pues es el verdadero héroe, el paladín moderno. Ha hecho él más por la gloria de Vizcaya con sus empresas industriales, que todos aquellos Jaunes, sucios, barbudos y llenos de costras.

Pero los contemporáneos nacionalistas de Urquiola, como Ramón de la Sota, claro que lo veían. Como para no verlo: los barcos de los que hablaba Aresti eran suyos. A buen seguro tampoco le hubieran gustado los excesos ruralistas, una cosa era recuperar glorias de un pasado más o menos histórico, otra dar un rol relevante a baserritarras y arrantzales en cualquier definición identitaria que fuera más allá de lo decorativo. En cualquier caso, el ardoroso racionalista republicano federal que era Blasco Ibáñez tampoco supo ver que los mitos tienen su propio principio de verdad… y que ahí está su verdadero poder transformador.

La verdad mítica

Con los hermanos Arana, de la Sota o más tarde con Gallastegi, pasará siempre lo que con todos los creadores de los grandes mitos políticos contemporáneos. Pasa hasta con Strauss, el padre de los neocons. ¿Fueron sus mitos creados utilitaria, estratégicamente, pensando en sus efectos? Alguno se preguntará incluso si «creían» en ellos…

Pero las cosas son siempre mucho más complejas. La verdad mítica no se puede reducir a las normas del análisis histórico o las ciencias, pero tampoco a las de la literatura. Un mito es un relato que conforma un campo de valores, generando no un dogma, sino un espacio discursivo preparado para evolucionar, a veces para zigzaguear y muchas veces para zarandearse ante los cambios sociales y culturales. Significa cosas distintas en distintos momentos aunque mantenga un núcleo, una actitud similar. El éxito de un mito viene dado por su capacidad para mantener la cohesión comunitaria haciendo avanzar y evolucionar los valores fundacionales. Pero, y esto es lo realmente interesante: si funciona bien, será el propio mito y la transformación de cómo se lee a lo largo del tiempo, el que descubra esos valores contradiciendo incluso -al menos en parte- a sus creadores.

¿Ejemplos? Miren qué significaba el «amor al prójimo» para un cristiano medieval -y fueron muchos siglos- y lo que significa para un cristiano de hoy. Miren lo que significaba «igualdad», «socialdemocracia» o «estado social» en la Europa de finales del XIX, en la postguerra mundial y hoy. Todos esos valores estaban sostenidos por mitos, por cuentitos que aunque a muchos les resulte chocante, tienen un valor alegórico, no histórico: para el socialismo y el radicalismo democrático podían ser los hermanos Graco o el general Fabio; para el comunismo la rebelión de Espartaco, Baubeuf, Saint Just o las memorias de las revoluciones del 48 y la Comuna de París; para el cristianismo los Evangelios y las vidas de santo. Y de forma mucho más interesante, Libertalia para Dafoe o las utopías racionalistas para el anarquismo.

Y si remarco estas últimas es porque Libertalia, Croatán o -entre nosotros- las Indias Electrónicas o el lobo y la Osa han sido mitos construidos conscientemente como tales partiendo de relatos históricos más o menos verosímiles (nadie encontró hasta la fecha restos arqueológicos de la ciudad del capitán Misson) que han cumplido o cumplen su objetivo generando verdad social, siendo eso que podríamos llamar verdad mítica.

Así que me van a dejar vindicar al Olentzero por puro pragmatismo. No un pragmatismo utilitarista, sino el de alguien que encuentra la religio entre los escombros y disfruta quitándole el polvo. El olentzero es verdad porque funciona, porque ha servido para hacer llevar la imagen de la comunidad rural -y los restos de politeismo que guardaba en sus cuentos y símbolos- de la marginación a la aceptación. Y en el camino, nos ha juntado. ¿Le pediríamos más?

«La verdad del olentzero» recibió 1 desde que se publicó el Domingo 6 de Enero de 2013 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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