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Viaje

Ya de vuelta de mi escapada demasiado corta. No es que haya cumplido mis propósitos pero ha estado muy bien. Encuentro con un viejo amigo que me alojó amablemente y con el que estar, es como volver a casa por Navidad si ésta fuera como la pintan los anuncios. También he conocido a Max, medio colombiano medio italiano nacido en Venezuela, de mirada limpia y hospitalidad oceánica. Entre vinos, cafés, bocadillos de fuet con tomate untado, paseos en coche arriba y abajo de la costa catalana y recuerdos de la adolescencia, varias conclusiones: no nos sentimos demasiado de ningún lugar y sobre todo siempre sentimos que no encajábamos, ni el colegio, ni en la uni, ni en los trabajos que nos hemos ido buscando para sobrevivir, ni con nuestros compañeros de piso. Pero algo nos queda claro: no necesitamos su aceptación y que mejor opción que la que tomamos, consciente o inconscientemente, de no buscarla y de estar seguros de que hay más como nosotros, que quieren que esto cambie, sin sectas, sin etiquetas, sin rechazos, sólo mente abierta y pasos hacia adelante. Y que mejor forma de buscar a esa gente que Internet, con nuestras cajas mágicas como velas de barco, a las pruebas me remito.
Más sobre mi viaje. Mis primeros momentos con Max y Javi no fueron muy agradables, no por ellos (nada más lejos) si no porque tenían una cita inesperada para entregar documentación y firmar el contrato para un nuevo apartamento de alquiler, precioso, céntrico y reformado después de vivir en pisos caros, en malas condiciones, con compañeros que coleccionan cabezas de muñecas. Nos recibió el dueño del piso en cuestión, en su estudio. Un tipo atractivo con gafas de pasta y una barba cuidadosamente recortada de forma informal. Decoración minimalista con muebles de caoba, figuras de arte africano por todas partes, guitarra, tele de plasma, sofás de diseño y el libro de la Tachen sobre el Sahara. Todo tan guay que revolvía un poco el estómago, sobre todo cuando el individuo te pone condiciones de agencia, pidiendo todo tipo de papeles y un precio abusivo por un piso sin siquiera nevera y lavadora, sin la luz contratada, diciéndole a Max tú tendrás papeles, ¿verdad? y comentado no os preocupeis que estamos limpiando el bloque de filipinos. Eso sí, después de comentar: que barbaridad, cómo están los alquileres, incluso en el Raval, es una vergüenza. Adiós, metete el piso por donde te quepa.
¿Qué más? Varias visiones desde el coche. La primera, los molinos de viento en Aragón, para volverse loco como Don Quijote mirándolos, maravillosos, ya descargaré alguna foto. La segunda es dificil de describir, science fiction total. Llendo a Sitges, por las curvas de la muerte, de pronto, al girar, imagen de sueño, torres, tubos y cables gigantes de metal con luz fantasmagórica saliendo de la nada en medio de la oscuridad de la montaña. Sin palabras me quedé, escenario de Neal Stephenson.
¿Qué me parció Sitges? Muchos me entenderán cuando diga curioso. No sé muy bien cómo explicarlo. Un pueblo bonito, convertido en hortera lugar de vacaciones para guiris reprimidos y gays. Restaurantes y bares en plan muestrario donde solo se puede escuchar techno, salsa o música casposa española, con una estética totalmente pasada de moda ( eso sí, con el preciosismo de Barna) que da bastante mal rollo, miradas viciosas y salidísimas que dan peor rollo todavía y copas ridículas a 7 ¤. ¿He sido demasiado dura? La verdad, no sé cómo será en verano o en pleno festival, no os fíes de mis impresiones.
Ya basta, que esto se está haciendo muy largo estoy cansada después de 6 horas de coche, mañana hay mucho que hacer y estamos de super-cambios en ciberpunk.net para los que todavía no he terminado de aterrizar.

«Viaje» recibió 0 desde que se publicó el Viernes 6 de Mayo de 2005 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por María Rodríguez.

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