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Virus, amor y vida artificial

El primer capítulo de unas memorias que me pidieron para una revista de hacking

Los recreos en el Instituto Blanco ofrecían pocos alicientes después de que Ana Alvarez se echara su primer novio y Lía Litvin me esquivara por los pasillos. Comenzaba marzo de 1987 y tenía 16 años. En la biblioteca, la portada del “Investigación y Ciencia” de ese mes traía el primer esquema del virus del SIDA y en mi sección favorita un titular que casi hacía la columna: “El programa Ratones va royendo paso hasta la victoria en el primer torneo de Guerra Nuclear”. Guerra Nuclear no era otra cosa que “Core Wars”, pero en español nos iba la caña, aquellos mini-tekis que éramos soñábamos con ser Mathew Broderick en “Juegos de Guerra”. Lo peor es que era creible. En aquellos tiempos apocalípticos el Presidente Reagan hablaba de los rusos como el “Imperio del Mal” y vaticinaba “un próximo Armagedon” que le daba a todo como muchas prisas. Sonaba Bruce Springsteen y los walkman iban con cinta.

El juego de los virus se había abierto en 1984 en la misma columna de la misma revista. En la versión americana salió en mayo, aquí en julio, en un número cuyo tema de portada eran las máquinas de Turing. El virus social del momento era el Spectrum y nos bebíamos lo que saliera sobre informática. En la misma columna, A. K. Dewdney hablaba del Core Wars, de la idea original de Von Neumann -era la primera vez que oíamos hablar de él- sobre “organismos de software” y presentaba la idea de un concurso en el que iban a competir. Blade Runner ya había impregnado nuestra imaginación: los seres electrónicos tenían vida, por pequeña que fuera y el viejo Sir Clive nos había dado todo para ser pequeños Frankensteins. La idea misma de los virus informáticos había nacido como argumento para una novela de ciencia ficción en los 50, aunque eso lo descubriría mucho después.

En el 87, cuando la portada del SIDA, estrenaba mi primer PC, un Amstrad con disquetera de 5,1/4, comprado con el dinero ahorrado en los años anteriores dando clases de informática a los chavales del barrio, vendiendo programitas en BASIC a revistas como ZX -que tenía la redacción al lado de mi casa- y mi primer programa para empresas, un algoritmo de optimización de trayectos que me había hecho aprender más álgebra que todas las clases de Alicia, la profe de matemáticas, juntas.

Antes de Internet la única forma de contagio de virus a nuestro alcance eran los disquetes. Los modems pertenecían al lejano mundo de las pelis americanas. La única forma informacional, porque por la época, el primer beso de Lía, mi primer beso, me hizo brotar también mi primer herpes. Seguramente no por contagio, sino por el trastoque de defensas en que aquellos besos me dejaron. Obsesivo como es uno, después de buscar y entender qué era aquello del herpes, la idea de un virus residente se me hacía tremendamente atractiva de traducir a código. Mi primer virus tendría dos partes, una pequeña “señal” que se contagiaría al cargar un disco infectado y una parte residente que al ser “reinfectado” modificaría el boot y formatería el disco a la siguiente carga de la máquina si la fecha coincidía con mi cumpleaños. Los módulos se llamaban v1 y v2. L1 y L2 después de dejarlo con Lía. Pero había varios problemas: la mayoría de ordenadores no tenían disco duro y los PCs no eran como el QL con su procesador 68008 de Motorola. Vamos que no sabía programar en ensamblador para PCs y hacer algo ligerito en archivos bat de instrucciones MSDOS era casi imposible. Al final, en vez de virus hice una bomba en dos fases. Aquello, aunque destructivo como buen programa adolescente, seguía sin estar vivo. No se reproducía sino tras un pesado y complicadísimo proceso tan escandaloso que no hubiera pasado inadvertido para nadie y que -suponía yo- sería abortado antes de concluir. Toda una metáfora de mis primeros intentos de ligar que al final sólo borraron a un pobre ordenador de la oficina de mi padre. El día de mi cumpleaños. Aún recuerdo el rubor cuando lo contó en la comida.

Con los años y sobre todo desde que llegó Internet, los virus acabarían convirtiéndose en lugares comunes y no en metáforas digitales inspiradas por la ciencia ficción. Todo el mundo sabía lo que eran y todos pasaban el Norton tan pronto metían tu floppy en el PC. Era la cultura del SIDA y del condón, de la distancia. Tras el 89, la caída del Muro y el fin de la paranoia nuclear, habíamos heredado un mundo descontrolado, poco usable, impredecible, donde cada intento de ordenar las cosas las volvía más caóticas: Windows. Cada avance que pretendía hacer algo más fácil se acompañaba de un nuevo susto que te obligaba a tomar distancias fuera a colgarse el invento. Como el Word y los virus de macros volando en los adjuntos, como las fiestas en pisos compartidos, los hongos y el SIDA. Cuando algo divertido caía a nuestro alcance teníamos que tomar ciertas distancias, “precauciones”, que amenazaban con cortar el rollo. Todo un sino.

Estábamos ya en la segunda mitad de los noventa, el mundo soñaba con la vacuna y nosotros comenzábamos a tener un mundo paralelo, libre y tranquilo: Linux. Un mundo donde la promiscuidad no tenía riesgos. Como con los virus digitales, habíamos ido un paso por delante y recuperado la alegría y la excitación de aquellos besos del instituto. El mundo no virtual todavía busca vivir en modo Linux. Busca. Como yo a Lía en mis amores. Intuyéndola, sin acabar de encontrarnos.

«Virus, amor y vida artificial» recibió 0 desde que se publicó el miércoles 3 de septiembre de 2003 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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