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¿Y si renunciamos al emprendedurismo para conseguir emprendedores?

¿Podemos aprender del triunfo histórico de los valores de igualdad propios del nacimiento de los estados nacionales para enfrentarnos hoy a unos valores laborales disfuncionales?

Galia-o-FranciaCuando hace unos años estudiamos el origen y el éxito de la nación pusimos el acento en señalar que la idea nacional respondía a aquello que la identidad de la vieja comunidad real agraria ya no podía responder. Pero también pusimos acento en algunas cosas interesantes más: el mapa y destino, la vida paralela con la metrópoli, etc.

Siendo un un ensayo breve no entramos en algunas vertientes que son importantes. Especialmente cómo se construyeron como continuidades lo que en realidad no eran sino rupturas en los sistemas de valores que identificaban a las personas. ¿Cuál era el valor de la persona en un sistema de clases feudal? El linaje, la «antiguedad» de la familia. Un valor tan fuerte que todavía hoy sobrevive aunque marginalmente.

¿Cómo lo encajó el nacionalismo en su sistema de valores? Transfiriéndolo de las viejas clases dominantes a la nación en su conjunto. La nación heredó de los nobles y la realeza no solo la soberanía, sino la antiguedad, el abolengo. Y lo que es mucho más importante, la socializó, ya no importaba en el relato la antiguedad de tu familia, sino la de tu nación. Y así, el intercambio simbólico era completo: la persona ganaba aquello que más podía envidiar, la antiguedad familiar, a cambio de aceptar que la familia solo le constituía de forma menor, «personal», que el grueso de su identidad provenía de la Historia y la cultura nacional:

La nación reinterpretará el pasado remontándose en su historiografía mucho más atrás del momento en el que pudo ser por primera vez imaginada. De hecho, será la nación la que de lugar al nacimiento de la Historia como relato pretendidamente científico y separado con el objetivo confeso de dar unidad en el tiempo y hacia atrás a las unidades que emergían de los mapas contemporáneos. Desde Thiers hasta Stalin, el primer imperialismo del nacionalismo será sobre el pasado como forma de cimentar la reconversión de la identidad de las personas, personas que habían dejado de ser sujetos de la Historia, para ser consideradas productos de la recién descubierta Historia nacional. Con la nación y desde los cafés se redefinirá la cultura: de sedimento simbólico personal a fenómeno político pretendidamente constituyente.

¿Y esto a cuenta de qué?

El riquísimo debate sobre ética y empoderamiento que estamos teniendo desde noviembre va destapando cada vez más cosas. La primera que hay que desarrollar nuevas herramientas para la formación de equipos, herramientas en todos los sentidos, procedures y software que le de soporte. Estamos en ello y ya les contaremos más conforme avancemos en el Instituto Storge y en Enkidu.

Pero creo que es innegable que hemos topado con unas aspiraciones tan consolidadas como disfuncionales ampliamente instaladas que no podemos simplemente esquivar. Están ahí, en nuestro entorno real, paralizándolo, frustrando y empequeñeciendo a las personas que estimamos.

Volvamos al siglo XIX y al nacimiento de la idea nacional. Las aspiraciones bien instaladas en la sociedad apuntaban al «reconocimiento» del abolengo familiar y de la antiguedad de los linajes, tradicionalmente ligados a rentas (nobiliarias unas, gremiales otras, etc). Frente a eso, los primeros republicanos enfrentaban ciudadanía, igualdad legal, representación… y no bastaba. Hasta que añadieron a su discurso el maldito abolengo, pero aplicándolo a la nueva comunidad imaginada. Tuvieron que reescribir siglos de Historia para que algo que acababan de conceptualizar, la nación, tuviera más pasado que ninguna familia real, lo cual no era precisamente fácil. Para sostenerlo hasta tuvieron que crear una mitología propia (la Historia Nacional) y redefinir la Historia como «Universal», cambiando su sujeto de los estados dinásticos, las familias gobernantes y las viejas castas y clases a un nuevo Olimpo de patrias, «espiritus del pueblo» y razas… que trajeron a su vez nuevos problemas, sí, pero resolvieron la aceptación de los nuevos valores bajo la forma de un trade off: menos peso para tu historia familiar e igualdad legal para todos a cambio de entregarle todo el abolengo para lo común bajo el mito de que todos venimos, a las finales, de un linaje étnico-cultural común, la «nación».

El paralelismo, para mi, es claro. La «seguridad laboral», el horario cerrado, la asociación entre «preparación» y estudios reglados, etc. son valores aspiracionales (ligados a rentas tradicionales tanto como el «ser hijo de algo», osea hidalgo, lo era en el Antiguo Régimen). Resultado, el divorcio con el discurso de la autonomía y el empendimiento -no hablemos de la ética hacker- es tan marcado como lo era entre el reconocimiento del abolengo familiar y la igualdad ante la ley.

¿No podríamos plantear un trade-off que desatascara esta situación? La forma en que lo hizo el nacionalismo fue aceptar la expectativa pero aplicada a otro sujeto (la comunidad imaginada en vez de la familia), afirmando en plenitud sus valores en relación a las personas.

Dicho de otro modo: si lo que la generación que alimenta masivamente las listas de desempleados espera son valores funcionariales y corporativos, ¿dónde podemos trasladarlos en el relato para que no hagan inviable los valores en que creemos para la relación con el trabajo y la comunidad? ¿Es posible?

«¿Y si renunciamos al emprendedurismo para conseguir emprendedores?» recibió 0 desde que se publicó el sábado 19 de enero de 2013 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por David de Ugarte.

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